04 mayo 2013

Vamos a decir palabras tralará

No quiero, Buhillo, que pase esta Feria del Libro sin que nos demos una vuelta por el Retiro. Esta vez te propongo ir en busca de palabras. Como debes saber, se dividen en dos clases, las orales, que forman el lenguaje de la necesidad, y las escritas, que son el lenguaje de la (in)mortalidad. Ambas viven en los diccionarios, arqueología del pensamiento humano. Así que lo primero que vamos a hacer es procurarnos uno de categoría, que inspire respeto y confianza, es decir, corpulento.

Estoy seguro de que hay en vuestros libros preferidos cantidad de palabras que desconocéis. No deben los escritores de literatura infantil usar un vocabulario ralo so pretexto de que sea accesible a todo niño, sino que conviene que empleen bellas palabras -opacas o sonoras, suaves o rotundas-, fascinantes, llenas de misterio, que hayan de ser exploradas, y que lleven a meterse a fondo en los buenos diccionarios, que son aquéllos en donde está cada palabra que buscamos.

Venga, vamos a mirar casetas, Buhillo. Aquí hay un libro que nos viene como anillo al dedo de nuestro tema. Es El guardián de las palabras (Ediciones B), que nos llega antes de la película (The Pegamaster) en la que está inspirado. Es la historia de un chico tímido llamado Richard, que, gracias a la instrucción del señor de las Palabras Escritas se adentra en una borgiana biblioteca infinita que le lleva al reino de los libros vivientes, donde recorre el viaje al interior de sí mismo a través de las tres grandes literaturas infantiles, que son Terror, Aventura y Fantasía. Se trata de un álbum muy atractivo, debido también a la abundancia y fastuosidad de la ilustración con policromías vivísimas, que semejan las brillantes calcamonías epiteliales que nos tatuábamos los niños de antes. Presenta esta historia reminiscencias de la Interminable de Ende, y cercanías en tiempo y tema como C, el pequeño libro que aún no tenía nombre (Siruela), del que te hablé en su día.

¡Menudo regalo éste! Por fin, como se merecía desde hace tiempo, acaba de salir en noble edición (el amarillo de Siruela) un clásico del clásico de la literatura infantil española, o sea, Rompetacones (1939), creado por quien propongo canonizar en letras como San Donantoniorrobles (1895-1983), escritor de niños -el grande, primero y único-, nacido en Robledo de Chavela, redonda cara ángel de payaso, sonrisa tajada roja de sandía, autor de más de treinta libros (la mayoría para niños), otros tantos años de exilio mexicano, regreso, y muerte diez años después en su tierra escurialense, fiel a sus tres amores naturales (a saber: su mujer Angelines, los niños de sus cuentos y sus bichos callejeros), franciscoasís de las cosas fraternales (hermanos monigotes, los llamaba en cuentos).

Botón Rompetacones, chaval de unos diez años que ahora tendría edad de abuelo, protagoniza ocho historietas en las que se muestran los rasgos característicos de la literatura infantil donantoniana, esto es: bondad, alegría tranquila, naturalismo mágico, pues los personajes se codean con cualquier animal, cosa, o lo que sea, como lo más natural del mundo, y así no hay nada de particular en que Botón lleve en su aeroplano al amigo ciego para que toque la luna y alguna estrellita y sepa cómo es el cielo por la noche (con «el perfume eléctrico de los astros»); fantasía realista de la cotidianidad, así que la imaginación infantil no necesita de hadas, brujas ni monstruos, pues la maravilla está en la vida que demos a las cosas que nos rodean, de manera que, con toda sencillez, tienen estos cuentos salidas (in)esperadas, asombrosas para el adulto pero con una contundente magialógica infantil, como en el insólito y preciso cuento de la niña fea y de la niña guapa y de falso espejo que las separaba haciéndolas creer que una era el reflejo de la otra; humor blanco, limpio, hecho de ingenuidad sin ñoñería; pedagogía de valores morales, de los buenos sentimientos, no exenta a veces de cierta filosofía, como en el cuento de carnaval, en el que sólo el orangután echaba mirada humana, en tanto que las verdaderas máscaras humanas tenían mirada de animales. Y muchas bonitas palabras, Buhillo, ya extrañas por antiguas se pueden rastrear en estos cuentos. Así que, hale, a buscar en el diccionario: bocina (con su pera negra y blanda), embozo, auto y rabadilla.

Mira aquí otro lujo. Es Ronda de suspiros (SM), crónica volátil tenueamorosa de un pueblo de las Rías Bajas -donde el norte-, al estilo del duende de Juan Farias -raro nada locuaz duendecillo exacto-, muñidor de palabras medidas, donde se desvelan por instantes -como a la luz del relámpago-, unos prójimos que amamos enseguida. Y es que además, ¡cuántas palabras oliendo a limpio y puro, a paisaje antiguo vistovestido de nuevo -busca, busca, Buhillo-, palabras como hontanar, señor de horca, montaraz, saeteras, velorio, hinojal, cosquilleos, enjalbegar, almadreñas, bauprés, dornas y arroaces, y no paro de contar. Y por si fuera poco, y a la par en méritos, están los dibujos del ilustrador Ruano (Toledo, 1949, con muchos galardones), que ha puesto una mirada de luna cíclope sobre tan tramados hilos invisibles, de modo que un ojo atento y surrealista -cruel o tierno-, escudriña las páginas del libro hasta que al final se aleja.

Terminaremos nuestro ojeo con Una luz en la marisma (Alfaguara), evocación que un hombre hace de un caso que vivió con 15 años en su pueblo gallego años cincuenta, mientras convalecía de una de esas raras enfermedades críticas que tienen casi todos los adolescentes sin que nadie sepa. Trata de un crimen y de un culpable perfecto que no lo es en verdad, y el muchacho lo sabe. Sucede a veces, Buhillo, que la gente soporta castigos terribles por delitos que no ha cometido, debido a que su alma finalmente los acepta por faltas que sí ha cometido y que sólo uno mismo conoce. Y hay calmaconciencias que digan: «Si fuera inocente por esto, bien que será culpable por otras cosas». Lo ejemplar no es que el chico se rebele contra la injusticia de los prejuicios y de las apariencias que engañan, sino que lo hace imponiendo su reflexión sobre los sentimientos viscerales de antipatía y de repulsa que le produce el inocente inculpado.

Es la historia de una valentía sin truculencias heroicas; nos pasa a todos cosas así, y no siempre actuamos como una persona de bien. La diferencia entre la moral y la ética, Buhillo, es que la primera tiene sangre caliente, brota del corazón y del prejuicio, y la segunda es de sangre fría, nace de la inteligencia y del juicio. Escrita por Javier Alfaya, dice él que es un homenaje a las lecturas de su niñez y a La flecha negra. Es también, creo yo, reconocimiento de muchos jóvenes que son cabales cuando hace falta, en contra del infundio de tanta generación X. Pero si quiero resaltarte esta novelita ejemplarizante -que se lee de una vez y deja un rememorante poso agridulce- es porque en ella se comprenden todas las palabras, debido a que el relato está escrito en primera persona de lenguaje coloquial. Hablar bien es, sobre todo, Buhillo, emplear las palabras que hacen falta en la forma y momento adecuados. Y en ese sentido el diccionario debe servir para que nos cercioremos del uso correcto de las palabras corrientes que creemos saber, cuando lo que ocurre es que solamente nos son familiares. Y este libro de Alfaya, además de un aliento ético, es un buen modelo de escritura verbal, de lenguaje común, directo, sencillo, bien dicho.

No resisto despedirme de ti, Buhillo, sin estos versos que el poeta Neruda dedicó al diccionario en una oda, fina y larga como una cometa: «De tu espesa y sonora profundidad de selva, dame, cuando lo necesite, un solo trino, el lujo de una abeja, un fragmento caído de tu antigua madera perfumada por una eternidad de jazmineros, una sílaba, un temblor, un sonido, una semilla: de tierra soy y con palabras canto».

1 comentario:

  1. Hombre! ¿Por qué no dices que este artículo de las maravillosas palabras de los buenos diccionarios pertenece a la sección 'Los Libros del Buhillo', que escribía un tipo que se llamaba y aún se llama Carlos Cobo y publicaba el diario El Mundo, en los años 90, en su separata La Esfera, que dirigía la inolvidable Elvira Huelbes?

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