27 agosto 2014

Joana Serrat no tiene ná que ver con el Serrat de toda la vida

«Antes que nada: no, no tengo nada que ver con Serrat», aclara Joana Serrat (1983, Vic). Apellidarse así y dedicarse al folk es como una broma, pero Joana no escogió su apellido, ni el hecho de que le gustara el folk de Xesco Boix, Bob Dylan y Joan Baez desde bien pequeñita. Tampoco el ser la adolescente tímida que sabe tocar la guitarra y que, por las noches, en las reuniones de los escoltes que terminan alrededor de una hoguera, acaba siempre cantando algún tema de Neil Young («a Young llegué a los 14, y fue una revelación. 

Hasta entonces estaba obsesionada con Prince, incluso fui a uno de sus conciertos en el Palau Sant Jordi con siete años», recuerda).

Lo que sí ha sido decisión suya, y bien firme, es dejar de firmar sus discos (acaba de sacar el tercero, el autoeditado The Relief Sessions) con el seudónimo JST para hacerlo, esta vez sí, con su nombre, Joana Serrat. Y a decir en voz alta un «hola, aquí estoy» a un negocio, el musical, al que en Cataluña le cuesta mirar más allá de Barcelona. «Es complicado. Porque empiezas y es difícil que te hagan caso, porque eres chica, aunque ahora hay muchísimas triunfando a las que admiro, aunque creo que a algunas, como Russian Red, no se les reconocen todos sus logros. Sé que éste es un mundo en el que hay que saber moverse bien y estar dispuesta a dar mucho de ti. 

Pero amo la música, desde siempre, y aquí estoy para intentarlo», afirma Joana, preocupada como todos por el trabajo (la echaron de la escuela de cine en la que trabajaba en febrero y sigue en el paro), pero enormemente ilusionada con, por fin, pasear sus canciones por Barcelona y Madrid (el 15 de diciembre actúa en La Casa Encendida).

Joana practica un folk intimista y penetrante, con canciones en inglés y en catalán, siempre 100% autobiográficas. Cuando empezó a tomarse en serio la música la apuntaron a clases de jazz, aunque nunca tuvo la sensación de encajar en ese registro. Luego conoció a Adrià Plana, guitarrista que sigue con ella, y le abrió los ojos. «Fue un punto de inflexión, me aportó luz y me enseñó que no tenía que compararme con nadie, que estar pendiente de lo que pensaran los demás de mi música me llevaría a un círculo vicioso, oscuro y estúpido que te aparta de tu esencia», confiesa. Hoy, a punto de cumplir los 30, canta sobre los miedos de una generación asustada, prematuramente nostálgica, que no ve claro su futuro y tiene en sus padres «un ideal muy alto», quizá demasiado. 

«A los 25 tuve una crisis. No me sentía identificada con el primer disco, tuve un desengaño amoroso y sentí un vacío del que me costó salir. Pero superé el abismo, me liberé de la presión y aquí estoy», dice resuelta. Con un disco que tiene la fuerza y la sinceridad de las novelas de iniciación.

20 agosto 2014

Los Fleetwood Mac son unos drogaos

Mick Fleetwood se sigue recogiendo la coleta a los 65 años, aunque la melena y la barba son ahora blancas como las de un asceta hindú. Stevie Nicks ha cumplido los 64, en solitario o con su ex pareja musical y sentimental, Lindsey Buckingham. El bajista John McVie les gana a todos en edad y en fidelidad al grupo, que sigue sonando casi ininterrumpidamente desde finales de los 60.

El cuadro de los Fleetwood Mac quedaría completo con Christine McVie, pero la teclista y segunda cantante se jubiló hace tiempo y ha preferido ahorrarse este ejercicio de orgullo, dolor y nostalgia que ha supuesto la reedición del legendario Rumours, el octavo disco más vendido de la historia, con 40 millones de copias…

«No somos los Rolling Stones, aunque llevamos rodando casi tanto tiempo como ellos», bromea Mick Fleetwood, en el momento de recordar el origen de la banda (mención especial a Peter Green) en plena eclosión del blues británico. «Nos enriquecimos sin duda con el salto americano, pero siempre tuvimos los pies en la tierra. Nunca fuimos de estrellas, somos simplemente unos tipos vulnerables, unidos por una extraña pasión por la música».

Rumours, el undécimo álbum de la banda, llegó precisamente en el momento de «máxima vulnerabilidad». «Stevie se separó de Lindsey, John se separó de Christine, yo mismo me separé de mi esposa», recuerda Mick Fleetwood. «Todos estábamos peleados y viviendo unos momentos auténticamente dramáticos. Pero decidimos poner de lado nuestras rencillas para proteger al hijo que nos traíamos entre manos».

De modo que Lindsey mandó a freír morcillas a Stevie (Go your own way), y la cantante respondió a su manera y con despecho (Dreams), mientras que Christine McVie le hacía un corte de mangas a su ex (Don't Stop). Mick Fleetwood se vio de pronto en medio de un fuego cruzado, temiendo que aquello acabara como una tragedia griega…

«El 70% de los rumores sobre aquel culebrón que vivimos (de ahí el título) fueron rigurosamente ciertos. El 30% restante fueron tal vez exageraciones. Pero es verdad que aquello pudo acabar al final como una pesadilla, y eso sin tener en cuenta la dependencia de las drogas que tuvimos Stevie y yo».

«A veces miramos hacia atrás y nos parece increíble que lográramos superar todo aquello. No llegamos hasta el punto de perder la memoria y caernos en el escenario, pero poco nos faltó. Éramos jóvenes, estábamos locos, vivimos al máximo… Los 70 fueron como una gran e ininterrumpida fiesta».

«La música fue al final nuestra salvación y nuestra mejor droga», asegura el alma de la banda, que sobrevivió incluso a una breve ruptura en los 90. «Al fin y al cabo, nos curtimos tocando en clubs de blues, y eso nos dio un oficio y una ética del trabajo que no eran muy usuales en el mundo del rock. Esa es sin duda la clave de nuestra longevidad, y la reedición de Rumours nos ha dado nuevas fuerzas en plena gira. Stevie y Lindsay están en plena forma componiendo nuevos temas, y creo que antes de finales de año tendremos nuevo disco de estudio».

Le preguntamos a Mick Fleetwood por el secreto de Rumours, por esa inusitada frescura al cabo de 35 años… «Es un disco sin artificios, que no suena como la mayoría de la música de los 70 o de los 80. Creo que supimos encontrar el equilibrio perfecto entre lo acústico y lo eléctrico. Cualquiera que lo oiga, tiene la misma impresión que ante cualquier clásico de Neil Young o de Bob Dylan. Podríamos haberlo grabado ayer mismo».

Después de vendaval de Rumours, la vida fue más benigna de lo parece para la banda, o al menos eso piensa Mick: «Nunca nos propusimos emular ese éxito porque sabíamos que iba a ser imposible. Pero aquello nos sirvió para tener una gran audiencia, que curiosamente se ha ido rejuveneciendo con el tiempo».

El patrón de Fleetwood Mac no oculta su desdén por el cariz que ha tomado la música pop, «con esa obsesión malsana por el hit del momento y los cinco minutos de fama…».

«Estamos en un período de transición en la industria. Aunque a veces añoro los tiempos en que ponías la radio y descubrías la inmensa diversidad de la música, no como ahora, que vas en el coche y todo suena a 'usar y tirar' -asegura-. Pero soy optimista y creo que se encontrará finalmente el camino con internet y otros métodos de distribución. Hay gente joven muy interesante y haciendo grandes cosas. Sólo les falta perseverar y salir al encuentro de la audiencia».

13 agosto 2014

Jason Molina era un borrachuzo

El largo lamento sobre el que el estadounidense Jason Molina construyó sus casi 20 años de carrera musical se apagó, en su manifestación más corpórea, el pasado sábado. Murió alcoholizado. Tenía 39 años. El alcohol fue un analgésico con el que Molina, de padres españoles emigrados a Estados Unidos, enfrentó frecuentemente el dolor, la soledad y una intransferible angustia vital.

El otro fue la música. El heavy en sus años mozos, un hermético folk indie después, country apócrifo mezclado con aromas a Neil Young más tarde: todo ello el «largo blues negro», como él lo llamaba, con el que cimentó, de una forma u otra, sus sucesivos proyectos musicales, Songs: Ohia y Magnolia Electric Co. principalmente.

Un «largo blues negro» que llevó a Molina, natural de Oberlin (Ohio, EEUU), de grabar cintas de casete con sus canciones en su instituto, a vivir sus últimos años en una granja de Virginia, trabajando como granjero de sol a sol para huir de sus debilidades, sus miedos, sus terrores, sus fantasmas. Desintoxicándose, en efecto.

Entremedias, a Molina le dio tiempo a desarrollar una obra emocionante y emocionada, transida de vibración y pasmo, a veces catártica, habitualmente existencial, casi siempre desolada, definitivamente triste.

Orgulloso de su condición de artesano, digno en su triste figura, Molina quiso que su arte, al que solía dar forma en papeles-guiñapo que llevaba en los bolsillos y que garabateaba en cualquier lugar, no saliera de las carreteras secundarias del negocio. Lo consiguió y giró frecuentemente, por ejemplo, por España: a mediados de los 00 no era extraño verle con su banda tocando en un pequeño garito de Oviedo, o asándose la calva en el Primavera Sound barcelonés.

Quizás en esa querencia minoritaria tuvieran que ver tanto los orígenes obreros de su familia, emigrados a una zona de aluvión de Ohio, como la mítica del rock de Heartland -una manifestación rural, sensible y narrativa del folk americano de raíz irlandesa- que él tan bien encarnó, tanto con la estética de sus canciones como con la suya propia: gorra, camisa de leñador, aire de despistado...

Molina formó parte, capitaneando Magnolia Electric Co., de la explosión del denominado country alternativo durante la década pasada, él en el ala más cruda, menos adulta y domesticada. Antes, a finales de los 90, había generado verdadera expectación con Songs: Ohia, un puñado de discos asfixiantes repletos de canciones-desierto, mensajes lanzados al mar en una botella, más evidente lo que en realidad nunca dejó de cantar, con un vestido u otro: blues.

Didn't it rain quizás representa lo más depurado y agudo de esa primera etapa. El álbum Magnolia electric co., producido por el casi infalible Steve Albini, es su apuesta más potente en la segunda, quizás su más exitosa, pese a que el excesivo foco siempre le deslumbró un tanto.

Todo iba razonablemente bien hacia el final de la pasada década, con Molina produciendo a velocidad de crucero, cuando el tren descarriló y la tristeza ganó. La primera noticia fue la suspensión de su gira con Will Johnson, otro apóstol de la vuelta al folk rock de raíces.

Después, un silencio extraño en alguien de una industriosidad tal que, para que el lector se haga una idea, en 2007 lanzó el quíntuple disco Sojourner «porque por primera vez teníamos un estudio para nosotros solos». A finales de 2011, su propia familia lanzó la voz de alarma: se pedía dinero para el tratamiento de Molina, encandenando desintoxicaciones pero desprovisto de seguro médico, ese talón de Aquiles del sueño americano.

La carretera que tantas veces recorrió, el hipnótico escenario de la mítica rock yanqui, había llegado a su final. Como él mismo había escrito, llegó la noche «con una luna muerta entre los dientes».

06 agosto 2014

El country dolorido de Hank Willliams

En una reciente reedición de algunos de los mejores momentos del show de Johnny Cash, legendario programa musical que el Hombre de Negro presentó a principios de los setenta, antes o después de las actuaciones de Bob Dylan, Neil Young o Ray Charles, aparece un particular cabezón y pequeño, de nariz puntiaguda y ojos muy juntos. Canta unas baladas melancólicas, country herido que sintoniza a Hank Williams y otros vaqueros tristes.

Su nombre, George Jones, era ya sinónimo de Nashville, uno de los más respetados desde que a mediados de los cincuenta encadenó sus primeros éxitos. Tantas décadas después, igual de reverenciado, ha muerto con ochenta y un años. No es mala edad para quien hizo bandera del alcohol, la cocaína, las anfetas y los conciertos suspendidos, cuando no despachados con una imitación de la voz del pato Donald. Todo dios, de los Rolling Stones más country a Elvis Costello, amaba al gran Jones, su dolorida porte de trovador herido, su voz nasal y grave, sus crepusculares tonadas, sus decenas de discos memorables.

Nacido en Saratoga, Texas, en 1931, recibió su primera guitarra a los nueve años y con diecisiete ya se dedicaba profesionalmente a la música. Pronto, en 1954, lanzó su primera canción, y apenas un año más tarde alcanzó las listas de éxitos con Why baby why. En el 56 actuaba regularmente en el Grand Ole Opry, templo de la música vaquera desde el que se radiaban las actuaciones para todo el país, y a principios de los sesenta himnos como su She still thinks I still care lo habían consolidado como una de figuras claves del country. 

Casado cuatro veces, arruinado en sucesivas espirales de negocios fallidos, Jones era un kamikaze capaz de viajar 12 kilómetros a bordo de un cortador de césped para comprarse una botella de alcohol (su mejor amigo le había escondido las llaves de los coches), un metódico entusiasta de la autodestrucción que abría y cerraba parques temáticos y bares al mismo ritmo con el que sus canciones coronaban listas. Nunca permitió que el naufragio doméstico y las crecientes deudas afectaran la calidad de sus discos, siempre enfrentado a quienes querían rebajar su country austero con mejunjes pop y almíbar crossover.

Imprescindible recordar que en 1969 contrajo matrimonio con Tammy Wynette, la llorada vocalista country. Un matrimonio real: dos de los reyes del género unidos en la alcoba y el estudio, con una serie de duetos de gran éxito a cuya química artística no afectó la subsiguiente debacle matrimonial, consumada en 1975. Cuentan que su última esposa, Nancy Sepulvedo, con la que se casó en 1983, fue capaz, al fin, de poner orden en las finanzas y el hígado del gran pirata.

A su lado Jones vivió los años del reconocimiento, cuando todos los jóvenes cachorros celebraban sus hazañas y decenas de premios y reconocimientos se acumulaban en las repisas. Justificados galardones que no confundieron a nuestro hombre: sabía que su estilo, mil veces imitado, había sido la coartada ideal para que Nashville facturase empalagosos intentos de alcanzar un público global en los que renunciaba a la intensidad del viejo country.

Si un niño contempla hoy los Grammys, creerá que el country es esa cutrez a mitad de camino entre el Broadway más hortera y el pop hipertrofiado. Haríamos bien en pincharle He stopped loving her today, de Jones, así como otras turbulencias a cargo de Merle Haggard, Cash, Buck Owens, Marty Robbins, Kris Kristofferson o Waylon Jennings, y también a Roy Acuff, Hank Snow y a Williams, para que comprenda el porqué de nuestra fascinación.

George Glenn Jones, cantante, nació el 12 de septiembre de 1931 en Saratoga (Texas, EEUU) y murió el 26 de abril de 2013 en Nashville (Tennessee, EEUU).

30 julio 2014

Blur idolo de masas

Mourinho decía que sus segundos años siempre eran los mejores, algo que, a tenor de los últimos resultados, no llega a ser del todo cierto. Pero lo que está consensuado es que en las segundas jornadas del Primavera Sound es cuando se concentran los momentos más granados de cada edición: tras el primer día de aclimatación llega una nueva batería de bandas emergentes –y de culto– a las que se les suman unos cuantos ídolos de masas –ayer nada menos que Blur, en uno de los escasísimos conciertos que están dando este año, todavía deshojando la margarita de si graban nuevo disco o no–; todo ello con el público aún relativamente descansado, con ganas de vaciarse.

La jornada del viernes no escatimó en momentos cumbre, aunque ligeramente deslucida por un solano frío; la brisa suave del día anterior convertida en un viento de levante tan gélido como molesto que no dejó de soplar en toda la noche –y que aún así no frenó al público, que rondaba los 50.000 espectadores. Todavía resonaban los ecos del jueves, la típica jornada que se desarrolla de menos a más, y que al filo de la medianoche ya había sumado algunas actuaciones de las que dejan marca en la memoria, en particular la de los elegantes, y en ocasiones psicodélicos, Grizzly Bear. La banda de Chris Taylor acudió con el material de Shields, un tercer disco de pop sofisticado y adulto, y lo exhibió ante el público del escenario Primavera con una puesta en escena de luces tibias con forma de espermatozoide, vocales susurrantes y contención instrumental.

Fue algo así como la prolongación de la elegancia y la timidez de The Postal Service –que una hora antes había inundado el escenario Heineken, llamado "Mordor" por parte del público, por el tiempo que conllevaba llegar hasta él– con el memorable pop electrónico de Give up, un álbum criogenizado durante diez años y repescado este año como un clásico, y también el preámbulo de la explosión de júbilo y buen rollo de Phoenix, la banda versallesca de Thomas Mars –conocido por ser yerno de Francis Ford Coppola–, que apenas necesitó un par de estribillos para dibujar sonrisas de esas que no caben en la cara.

Las primeras horas de ayer fueron envolventes y enraizadas en la tradición folk americana: en el escenario principal se presentó Kurt Vile, ese aspirante a sucesor de Neil Young, todavía joven pero con larga experiencia, acompañado de sus The Violators, una banda sólida que traduce el rock de raíces en una experiencia cósmica. Un poco más tarde, Daughn Gibson exponía un lenguaje similar –su inspiración primera, en su caso, sería Johnny Cash; antes de hacer música conducía camiones–, pero con interesantes arreglos electrónicos. En la otra punta del recinto, y a la misma hora, Django Django ofrecían los primeros ritmos de baile. Pero si había un nombre para las primeras horas del segundo día del Primavera Sound era Solange, Solange Knowles, la hermana hípster de Beyoncé, que con las pocas pero excelentes canciones de su True EP aportó uno de esos momentos glamourosos que todo evento necesita. 

Escueta en sus pasos de baile, pero con un carisma evidente y una banda elegante y bien trabajada –todo sonando en su lugar y limpio, vestidos con trajes y sombrero como pimps de la Ley Seca–, Solange se metió a todo el mundo en el bolsillo con media hora de pop mayúsculo y simpatía cercana.  

25 junio 2014

Codigo descuento GROUPON

Aquellos que estén más preocupados sobre cómo afianzar la lealtad de sus consumidors ‘online’ podrán ir al debate del responsable del departamento de movilidad de Dropbox, Lars Fjeldsoe-Nielsen; el vicepresidente móvil de LinkedIn, Joff Redfern; o el jefe de movilidad de Groupon, Fabio Sisinni.

Por cierto, es preciso destacar que los códigos de descuento que ofrece Groupon a su clientela internauta están en alza.


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La agenda de hoy viene cargada. Los tiempos para comer son justos. Y es que el MWC sólo pasa una vez al año. Hay que aprovecharlo. 

Los visitantes podrán asistir hoy a una mesa redonda sobre el futuro digital de los medios de comunicación protagonizada por el director general de Electronic Arts (EA), Aaron Loeb; el CTO del ‘Financial Times’, John O’Donovan; o el responsable del área digital de ‘CNN International’, Peter Bale.

La Universidad de Kioto, en Japón, ha presentado un prototipo de contenedor portátil para las células madre empleadas en la medicina regenerativa.

Permite su conservación durante 24 horas y facilita así su transporte a través de grandes distancias, con un peso de entre 3 y 4 kilos que permiten su fácil manejo.

Investigadores de la Universidad Politécnica de Madrid y la Universidad de Wageningen (Holanda) han reducido un 44% las emisiones de óxido nitroso con una elección concreta de plantas.

Especialistas de los hospitales San Cecilio y Virgen de las Nieves de Granada han implantado por primera vez en España una córnea artificial a un paciente con una grave afección en el ojo. Además, es la primera vez en el mundo que se implanta una córnea artificial que contiene dos tipos de células humanas diferentes y un biomaterial de base nanotecnológica.

La compañía ha completado la implantación en China de los centros de control aéreo de Chengdu y de Xian, desde los que se ordena el tráfico en el espacio aéreo de ocho regiones del país, más de ocho veces el tamaño de España.

La tecnología permitirá a los controladores chinos hacer frente a los incrementos de tráfico de doble dígito estimados para los próximos años.

Dos equipos de EEUU y Reino Unido han descubierto de forma independiente que una sola proteína actúa como el interruptor genético que activa el desarrollo de la malaria en mosquitos.

Abertis Telecom conectará a España a la red global Sigfox, la primera red de ‘internet de las cosas’ del mundo que ya está disponible en países como Francia, Países Bajos y Rusia.

La red Sigfox está atrayendo el interés de numerosos sectores ya que la ofrece una solución de conectividad de doble vía hecha a la medida de esta ‘nueva’ internet.

18 junio 2014

Los actores españoles mejor pagados

No es una de las grandes estrellas del firmamento en lo que a millones de dólares se refiere, pero la figura de Javier Bardem ha ido in crescendo en el escalafón hollywoodiense. Es, además de uno de los actores más cotizados por su talento, una de las apuestas más seguras en su relación con la taquilla de EEUU. Su nombre apareció en una lista de actores con mayor capacidad para rentabilizar la inversión de los estudios, con 73 dólares por cada dólar invertido en su salario. El sexto mejor situado por detrás de Robert Downey Jr., Daniel Radcliffe, Michael Cera, James McAvoy y Shia LaBeouf, en el primer puesto.

Aquello fue después de haber conseguido su primera nominación al Oscar por Antes que anochezca, pero sin haber alcanzado las cotas en las que se mueve actualmente. Bardem, de 43 años, no sólo tiene ya un Oscar por su extraordinaria interpretación en No es país para viejos, sino que acaba de estrenar su propia estrella en el paseo de la fama de Hollywood Boulevard, señal de distinción.

Por eso, diversas fuentes le atribuyen un salario cercano a los seis millones de euros por haberse metido en la piel del villano de la última entrega de James Bond, Skyfall, la del 50 aniversario de la poderosa saga.

Aún está un escalón por debajo del actor mejor pagado de la cinta, un Daniel Craig que ya es oficialmente el actor que más ha cobrado por portar con orgullo la placa y la pistola del agente con licencia para matar. A sus 44 años, el de Londres se ha asegurado otros 50 millones de dólares para las próximas dos cintas de la franquicia, después de haber ingresado tres millones por su primera experiencia: Casino Royale, siete por Quantum of Solace y 12 por Skyfall, que de momento ruge en taquilla.

Con respecto al resto de actores de la Meca del cine, Tom Cruise es el actor mejor pagado del momento, con 75 millones de dólares recaudados este año. Le sigue Leonardo DiCaprio con 38 millones en ese mismo periodo, que comparte cifra con Adam Sandler. Dwayne Johnson es el cuarto, pero la segunda parte del filme Viaje al centro de la Tierra le dejó 36 millones

Culmina la lista Ben Stiller, que cobra al año 33 millones de dólares. El cómico aguanta el ritmo de las estrellas más importantes. Su participación en la tercera cinta de Madagascar tuvo mucho que ver en su buena salud financiera.

La lista de las chicas la encabeza Kristen Stewart, quien gracias a la saga crepuscular ingresó 34,5 millones en 12 meses a sus escasos 22 años. Le pisan los talones otras intérpretes que, aunque últimamente se prodigan menos en cuanto a número de taquillazos, siguen exprimiendo sus virtudes artísticas en forma de cash. Cameron Díaz ganó estos últimos 12 meses 34 millones; Sandra Bullock, 25, que le vendrán muy bien para criar a su niño adoptado y sobrellevar el divorcio. 

Angelina Jolie, por su parte, le dejará un buen patrimonio a sus churumbeles. Ganó 20 millones y consiguió la portada de 78 revistas. Charlize Theron, por último, es otra actriz que siempre cotiza al alza: 18 millones. El último año ha sido especialmente prolífico para la sudafricana, con papeles de mérito como Young Adult, por el que se hizo con la nominación en los Globos de Oro.

CACHÉS IBÉRICOS. Bardem ya se ha acostumbrado a un nivel de vida del que pocos actores españoles pueden presumir. Nombres como Luis Tosar, Elena Anaya o Javier Cámara, por nombrar algunos, se mueven en unos registros que en ningún caso superan los 250.000 euros por película, a mucha distancia de las cantidades millonarias a las que tienen acceso Antonio Banderas o Penélope Cruz.

Sin embargo, el protagonista de Jamón, Jamón no es propenso a hablar de su fortuna ni de sus privilegios. «No me importa lo que me paguen porque tengo un trabajo, me gano la vida, una buena vida pero no lujosa. Puedo dar de comer a mi gente. Me puedo alimentar yo mismo y tengo un buen techo. Eso es todo lo que puedo pedir».