27 abril 2013

Volvamos a soñar


Es tan peligroso sentirse -sin límites- «cautivo de una idea fija» como desentenderse -con toda frialdad- de una obsesión que nos hostiga con los ademanes más provocativos. Justo Jorge Padrón (Gran Canaria,1.943), sorteando semejantes escollos con la cautela del que, por afinidad y decisión, se ha comprometido con su obra en ese diseño poético, tan aleixandriano, en cuanto a la «clarividente fusión del hombre con lo creado» y en cuanto a «aspiración a la unidad» total con el mundo, ha decidido aproximarse, aunque con cierto retraimiento ante el riesgo que él mismo propone, a las consecuencias que sus «círculos de fuego» provocaron; es decir, mirar hacia esa llanura, casi en cenizas, que es nuestra realidad. La que, siempre, fue de aquí y, estando un poco más a la superficie y junto a lo humano, se revuelca, algunas veces, con el humor o con los disfraces que utilizan la ironía y el desencanto, sobre todo tras haber habitado en la altura de los elegidos sueños.

Ya con Los oscuros fuegos(1.967-1.970), la memoria es recurso para conseguir esa unión entre la interioridad y el mundo, al servirse mediante sus imágenes visionarias y surrealistas como ampliación de la conciencia humana en vías de un conocimiento intuitivo, tal como aparece en Mar de la noche (1.971-1.972). Resultado de su proceso ha de ser, en Los círculos del fuego (1.973-1.975), la pérdida de identidad en el hombre en beneficio y dominio del mundo: el tema de la destrucción. Se representa el alejamiento como huída del mundo exterminador.

Del mismo modo sucede, aunque de manera más depurada, lírica y exultante en El abedul en llamas(1.974-1.979), en Otesnita(1.977-1.979), de temática amorosa, La visita del mar(1.980-1.984) y Los dones de la tierra (1.982-1.983), donde un misterioso acontecer se viste con el velo de lo telúrico y la admiración de la Naturaleza: «Desde el comienzo de mi camino poético -nos dice- tuve la intención de realizar una larga composición que apenas estuviera sustentada por soportes anecdóticos o biográficos y que fueran contemplación interiorizada de los elementos integradores del cosmos».

Etapa ésta que nos descubre a un poeta de biografía interior y de conciencia cósmica en unidad panteísta con lo creado que lo trasciende sobre lo individual hasta integrarse en la unidad total del universo. Su octavo libro, Solo muere la mano que te escribe (1.985-1.988), es una reflexión sobre toda su obra poética publicada. En él se trata el tema de la propia escritura como actitud de conocimiento y de salvación. Función metapoética que se define en cuanto riesgo como «un leopardo», en cuanto rigor como «un cisne» y en cuanto palabra cosmogónica» como «un sueño» con el que intentar la creación de un laberinto, protector de su intimidad.

El paso distinto, en su pretensión, se da con Los rostros escuchados (1.985-1.988) de regreso a la superficie, el lenguaje es eco de humanización generacional en el sentido de que se asienta sobre unos fundamentos de experiencia biográfica y simbólica mediante el que se reconsidera la sorpresa surrealista, pero cargada además de memoria, onirismo y júbilo, de un «humorismo mágico» que pone en duda ese deseo de integración en los orígenes telúricos de la Naturaleza. Lo visionario da paso a una preconcebida actitud de farsa dispersa entre lo cotidiano y lo onírico como una carcajada de la imaginación, mientras tenemos noticias de la nada. Un salto precavido que nos demuestra inquietud y cambio.

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