26 abril 2013

Una novela extraordinaria

Como sombra parpadeante, y con violencia antes y después de ella, define William Burroughs a la vida en la página 185 de esta extraordinaria novela. ¿Novela?

Asaltan las dudas al calificar de novela a este libro -repito, extraordinario-, pues si bien es indudablemente una obra de ficción, no son ajenas a ella la prédica, la reflexión, la autobiografía más o menos disfrazada, el disparate, la utopía negativa, y muchos otros de los elementos, algunos bien poco novelescos, que caracterizan la escritura de Burroughs. Una escritura habitualmente calificada de experimental por quienes, quizá sin pararse a pensar demasiado en ello, consideran que un escritor experimental es aquel cuyo experimento ha fracasado. Y Tierras del occidente, en absoluto es una novela fallida. Al contrario, debe situársela junto, sino más allá, dos de sus más grandes logros: Almuerzo desnudo, de 1.959 y Nova Express, de L964.

Aunque, como viene siendo habitual desde Ciudades de la noche roja, de 1.981, la escritura de Burroughs haya adquirido un caracter mucho más narrativo, presentando sus visiones -pues eso son precisamente lo que narra- con mayor exactitud y originalidad que antes. Y ello sin que desaparezca la capacidad para provocar la sugestión, la sorpresa, el desconcierto, que es personal e intransferible de un escritor del que Norman Mailer dijo: «Es el único novelista norteamericano vivo poseído por el genio». El relato se estructura en torno a un viaje iniciático a las tierras del occidente.

Un hipotético espacio que para los antiguos egipcios era el Paraíso y que Hassan i Sabbah -el Viejo de la Montaña, ese Cide Hamete Benengeli de Burroughs, descubrió que existen y cómo encontrarlas. Para realizar el viaje es preciso escapar a la prisión del cuerpo humano. Un viejo escritor bloqueado, en algún punto de Kansas (y Burroughs es un viejo escritor, 75 años, y vive en una ciudad de Kansas, aunque no esté bloqueado como demuestra publicando esta novela) intenta superar las limitaciones de ese cuerpo, por mucho que sepa que «la condición humana es desesperada una vez que te has sometido a ella naciendo» (página 210). Para ello se enfrenta a adversarios cuya táctica es desechar sus propias dudas de que esas tierras del Oeste existan. Y así, desdoblándose en personajes que viajan adelante y atrás en el tiempo, ejemplificando sus teorías y principios con escenas de una crueldad casi insoportable, con un humor negro lleno de pinceladas que lo hacen poco adecuado para estómagos delicados, intenta escapar a la ley causaefecto.

En fin, el libro termina por emocionar -probablemente lo último que desearía Burroughs que produjera- en su incesante presentación de normas de supervivencia con honor en su universo desolado. Y son tantas, que al terminarlo invita a que se vuelva a leer, para no tener que abandonar un espacio tan intenso. La traducción de José Manuel Alvarez Flórez, acorde con la calidad del texto, es impecable.

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