21 marzo 2015

Las campañas electorales son una pesadilla

A las once de la mañana de un domingo, Pedro Pacheco, traje claro y gafas defensivas del sol más luminoso de Europa, que es el de Cádiz, bajaba del coche que le había traido de Jerez. Está en Sevilla, en plena calle Adriano, junto a la plaza de toros de la Maestranza, donde también hay toros y le endiña a las piernas el estirón salvífico. Junto a él, Rafael Plaza, asesor de campaña y periodista de toda la vida en el Jerez de Franco en el que se portó como un jabato. 

Sube las escaleras verticales de la sede electoral andalucista y marchando una de desayuno con la prensa. Unas pastitas, bollitos recremados, café y zumos. Todo el mundo de pie, pañuelo en mano sufriendo los precoces embates del calor. En fin, paciencia y a ver si ponen pronto una ración de aire acondicionado. Antes de comenzar, se habla de Carlos Sanjuán, de su estado de salud y los asesores electorales discuten si Pacheco debe o no debe ir a visitar al accidentado socialista. Unos que sí, otros que no. Como siempre, se imponen los criterios de Pacheco. Que vaya Salvador Pérez Bueno, que tiene el mismo rango. 

Ea, pues a otra cosa. Por fin, Pacheco habla. La verdad, no es su fuerte. Le salen las palabras de la boca como balas perdidas y su discurso es un trance de ráfagas que carece del arte de la continuidad. Nada más empezar, una andanada verbal, subgénero oratorio en el que se halla cómodo. «Ahora todos son andalucistas. Soy presidente del Partido Andalucista si me deja Gabino Puche.» Alguna vez tenía que quejarse. Y se duele del trabajo de los periodistas que dejan entrever que los andalucistas no tienen programa. 

Y no sólo lo tienen sino que los demás partidos beben en ese arroyo. Pero cuando se reconforta con el café solo, Pedro Pacheco arremete contra los «gemelos del Sur», Alfonfo y Juan, los Guerra. «A ver si lleva a los mítines a su hermano Juan.» Y cómo no, defiende la dignidad andaluza, «una tierra en la que el PSOE hace lo que le da la gana, donde ha quitado y puesto presidentes, en la que tiene votos cautivos por el Plan de Empleo Rural y el subsidio agrario.»

Luego, sin descansar, se apunta a una tremenda batería de entrevistas y a las dos de la tarde, carretera y manta hacia los arrozales de Villafranco del Guadalquivir, marismas de Doñana, un pueblo, que quiere llamarse Isla Mayor y que está en proceso de segregación municipal de los socialistas de Puebla del Rio. En la discoteca El Estero, roja y negra, pero no como una bandera libertaria sino como el raro gusto de un restaurante chino. Y allí, ciento y pico de manos fervorosas rodeadas por veintitantos retratos de Pacheco, esperando el momento de ver a ese alcalde de Zalamea, también de nombre Pedro, que ha logrado las cotas más altas de popularidad de Andalucía. 

Por fin llega Pacheco, como buen andaluz, una mijita tarde y resuenan las palmas sudorosas. El candidato, que no suda nunca -tal vez un logro de sus asesores, tiene en los ojos el germen del cansancio. Se encuentra a un conocido y le dice por bajo: «Quillo, que coñazo ésto de las campañas electorales». Pero sigue adelante, dando la mano a diestro y a siniestro y recibiendo besos de las jóvenes, por cierto de buen ver, de este pueblo rodeado por el agua domada.

Unas palabras más. «Este pueblo es similar a Andalucía. El lucha por la autonomía municipal y los andaluces por su plena autonomía». Cantada estaba la comparación. Finalmente, el arroz en forma de paella en perolas de metro de diámetro. Arroz largo, criado en la propia tierra, con pollo y habichuelas como orejas gigantes. Pacheco toma vino, no mucho pero fino fresquito de Jerez, y como era natural, se dejan ver las mangas de camisa. Y aparece el reloj, ese tirano que dicta ausencias y presencias en el tórrido escenario electoral. 

Un asesor apunta que es la hora. Y la verdad, lo era. Nuevamente, al coche de campaña con destino a Utrera. En el viaje, un repaso a los temas y un vistazo a los tochos de documentación. Cuando llegue la noche, habrá que ir a la feria de La Rinconada, y luego, cuando suenen las tantas en el pitito electrónico japonés o el reloj del pueblo, a galopar y a cortar el viento caminito de Jerez. Un pedazo de dia, insoportable para quien no comprenda esa atracción fatal de la política.

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