19 octubre 2012

Se va a liar la de Santa Gadea

Los mozos «pijos» apoyan sus juramentos en un perro yanqui. «Te lo juro por Snoopy», dicen. Que algún jurisconsulto de urgencias me explique el significado del verbo «juran». ¿Qué me ocurrirá si juro y no cumplo? ¿Me fulminará Snoopy con su rabo letal? 

De veras: no entiendo a qué viene armar la de Santa Gadea con la jura previa al asentamiento de posaderas en el Congreso. Cierto que la Constitución -pacto mínimo de la democracia- es documento de grandísima magnitud. Lo que no se me alcanza es la obligación de jurarla, teniendo en cuenta que para el quebranto de sus normas hay previstos los suficientes mecanismos correctores, sin necesidad de apelar a fórmulas de adhesión tan campanudas y tan huecas. ¿Se trata de un mero rito, para ornato litúrgico de la democracia?

Nada habría que objetar a tal noción, porque los rituales, a veces, ayudan a asentar las ideas difíciles en las cabezas gelatinosas. Pero lo que no puede defenderse jamás, desde ningún punto de vista sensato, es la prevalencia del rito sobre el contenido esencial. Y lo esencial, aquí, es que millones de ciudadanos han elegido a unos pocos para que personifiquen sus intereses y principios en la Cortes. Esa voluntad ciudadana no debería haberse manipualdo en favor de las simples palabras.

Si lo que representan los cuatro diputados de Herri Batasuna va en contra de la Constitución, el Gobierno, con el apoyo de los restantes grupos parlamentarios, tendría que haberlo prohibido antes de las elecciones. Ahora, los resultados son sagrados. Y es ridículo rechazar por su actitud anticonstitucional a unas personas que nunca han dado señal alguna de acatar la Constitución. Si están fuera de la ley, que no entren; pero que sea la ley quien los excluya. No algunas palabras solemnes.

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