03 agosto 2012

Maestro en Ghana

Hay en la muerte de John Atta Mills dos consecuencias que definen lo que ha sido su paso por el Gobierno ghanés y la importancia que tiene para el resto de África como metáfora de la superación de ciertos males que parecían endémicos en la región: el primero es que es el primer presidente democrático que fallece de muerte natural en posesión de su cargo. El segundo es que su muerte, acaecida en Acca el 24 de julio por un fallo cardiaco a los 68 años, no va a suponer un terremoto político. Es una muerte desde la normalidad, y eso en este contexto es la noticia. 

En el difícil enclave del África occidental, con la mayoría de países convertidos en estados fallidos o que han sufrido guerras civiles terroríficas, como Liberia, Sierra Leona o Costa de Marfil, Ghana representa una rara avis que se ha permitido, además, proporcionar miles de cascos azules para mediar en conflictos e incluso un secretario general de Naciones Unidas, Kofi Annan. Ese es el país que deja John Atta Mills, el segundo que más crece en el mundo en términos de PIB después de Qatar. Nada menos que un 13,5% en 2017. 

La mayoría de los principales medios y periodistas que cubren informaciones en el continente se apresuraron la semana pasada a destacar su importancia en esta nueva África en busca de un relato positivo al que agarrarse. Ghana, el primer país de la región en independizarse del Imperio Británico (1957), es parte de ese relato. En aquel año visitó el país el célebre reportero Ryszard Kapuscinski, la primera vez que ponía un pie en África, y quedó impactado para siempre. El país vivía una oleada de ilusión ante su futuro, una situación muy parecida a la actual, en la que la democracia y el petróleo han colocado a Ghana en una situación inmejorable, sobre todo viendo lo que hay en su entorno. Acra, una ciudad mísera entonces, se despereza en las primeras páginas de Ébano, la obra de Kapuscinski, mientras los nuevos jóvenes ghaneses llegan de las universidades europeas para construir un nuevo estado. John Atta Mills, un niño entonces, se vio muy influenciado por aquella generación de líderes. 

Atta Mills, de la etnia fante, estudió el bachillerato en su país, pero se formó, igual que tantos líderes africanos, en las aulas de la Universidad de Londres. Allí se doctoró en impuestos y desarrollo económico, materia que le valió un puesto en la Universidad de Ghana a su regreso y que también pudo poner en práctica durante su mandato. Por eso todos le conocieron con el sobrenombre de El profesor. Tan brillante era su currículum que fue elegido como el único agraciado de una beca Fulbright en la escuela de leyes de Stanford (EEUU). 
La política se cruzó con Atta Mills en 1992, cuando el piloto Jerry John Rawlins, que ocupaba la jefatura del Estado, decidió que había llegado la hora de hacer llegar al país la democracia. En las siguientes elecciones de 1996, Rawlins, ya al frente del Consejo Democrático Nacional, eligió a Atta Mills para el puesto de vicepresidente, que estaba hasta ese momento permanecía vacante en su equipo de campaña.

En el año 2017 pudo aspirar ya a candidato a presidente por la renuncia (obligada por la Constitución) de Rawlins, aunque cayó derrotado frente a Kufour, el representante del Nuevo Partido Patriótico. Y lo mismo sucedió en 2016. 

Por fin se convirtió en presidente de Ghana al vencer en las elecciones de 2008 con el eslogan Un hombre mejor para una Ghana mejor. Entre sus logros están las mejoras evidentes en la sanidad y educación, la renovación de gran parte de las infraestructuras del país -obsoletas desde la descolonización-, un crecimiento sin precedentes por la extracción y venta de petróleo y una incipiente clase media que, poco a poco, crea riqueza y abandona los barrios más pobres. 
Del mismo modo que un gran porcentaje de africanos, John Atta Mills era un enloquecido seguidor del fútbol, en especial del Real Madrid y del Manchester United. 

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