20 agosto 2012

Emma Stone nunca quiso ser artista

Millones de espectadores no podían imaginar que Errol Flynn fuese acusado de estupro y que la máxima atracción de las orgías sexuales en su lujosa mansión de Hollywood consistiese en ver a Robin Hood tocando el piano con su miembro viril.

Héroes como Flynn eran el aceite que engrasaba la maquinaria de la fábrica de sueños. Inaccesibles, misteriosos, divinos, los astros de la pantalla salían de sus retiros para mostrar sus mejores galas en el Dorothy Chandler Pavillion de Los çngeles. Los «hermanos pequeños» de los Oscars, los Goya, se concederán el próximo 21 de enero. Pero en torno al cine español sigue flotando una pregunta: ¿Hay estrellas?

Más allá de las primeras divas del cine mudo como Jean Harlow o Clara Bow, Marilyn Monroe ha encarnado mejor que nadie el mito de Hollywood. Para definir la quintaesencia de la magia del celuloide, basta con recordar la famosa escena de La tentación vive arriba en la que Marilyn aparece sobre la salida de una boca de ventilación del metro en la Lexington Avenue de Nueva York, con la falda de su vestido moviéndose al viento.

Al director, el austríaco Billy Wilder, no se le ocurrió una idea mejor para promocionar la película que pasear a la diosa rubia durante 24 horas por las calles neoyorquinas. Fue el caos. Más de 20.000 curiosos se agolparon en la acera jaleando a MM con exclamaciones obscenas cuando comenzó a levantarse la falda y el desfile de vehículos fue tal que provocó uno de los mayores atascos que se recuerdan en la ciudad ante la atónita mirada de su entonces marido, el famoso jugador de béisbol, Joe Di Maggio, quien, rojo de celos ante la expectación desatada por su famosa mujer, optó por dar media vuelta y encerrarse en su hotel.

Una de las más famosas anécdotas de la película (que narra la relación entre un «Rodríguez» neoyorquino y su espectacular «vecinita») es que los censores se negaron a que el personaje que interpreta Tom Ewell encontrase una horquilla en su cama al día siguiente porque eso significaría, segun las estrictas reglas del código Hays, que había logrado acostarse con la chica haciendo realidad el sueño de millones de espectadores del sexo masculino. «Hay una cierta semejanza entre Marilyn Monroe y la Segunda Guerra Mundial. Era un infierno, pero valía la pena», afirma el propio Wilder en sus memorias, Nadie es perfecto.

En los tiempos de la Monroe, el «star system» de Hollywood no tenía competencia. No existía la televisión ni el vídeo y la gente necesitaba olvidarse de sus propios problemas. Salvando las distancias, las cartillas de racionamiento y el olor a «calcetín sucio» que impregnaba el país, según Manuel Vázquez Montalbán, España también tuvo su edad dorada.

«Los actores españoles fueron estrellas hasta la época de Cifesa, donde llegó a producirse una verdadera comunión entre el cine y su público. Yo llegué a presenciar cómo los espectadores rompían los cristales de los cines para ver a sus ídolos. Eran los tiempos de Amparito Rivelles, de Alfredo Mayo, de Nati Mistral. Las estrellas han desaparecido, aunque hay ciertos atisbos en gente nueva», asegura Luis García Berlanga, decano de los directores españoles y auténtica bestia negra de los censores franquistas.

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