03 junio 2018

Una familia de paranoicos

Como Nicolae Ceaucescu no cobra salario alguno, todos sus gastos se pagan de dos cuentas secretas, pertenecientes al comité central del partido y la otra a la Securitate. En general, el partido paga el alojamiento y la Securitate todo aquello que pudiera considerarse relacionado con su seguridad, incluyendo la manutención y el vestuario. Las secciones de la Securitate determinaban y conseguían todo aquello que Ceaucescu pudiera considerar adecuado ponerse: sombreros cerrados, tipo fedora, para el despacho y gorros de estilo Lenin para visitar las fábricas; abrigos de tweed hechos a medida y chaquetas de invierno forradas, de estilo soviético; trajes de vestir de material británico importado y ropa para ir de caza, de estilo alemán; para los piés, calcetines de seda, zapatillas de ante, y zapatos Oxford de color negro y punta en forma de ala. Toda la ropa de Ceaucescu se introduce en bolsas de plástico transparente, selladas con aparatos eléctricos de alta frecuencia. Luego se deposita en un almacén climatizado próximo a su residencia de Bucarest, donde la norma es tener existencias suficientes para todo un año: 365 trajes, 365 pares de zapatos, etcétera. Todo lo que ya se ha puesto una vez se marca con tinta de color, para no volverlo a utilizar por equivocación, y luego se quema en un horno. Cuando sale de viaje, su ropa usada se marca al final del día, como de costumbre, pero luego se guarda en baúles especiales para llevarla de nuevo a Bucarest a que la quemen. En 1974 se crearon secciones especiales de ropa femenina para Elena, que no tardó en tener también reservas para tres meses. Sin embargo, Elena se cansó de las extrictas normas de seguridad y empezó a hacer trampas añadiendo a sus ropas de confección rumana otro suministro importado de París y Londres.


También hizo trampas al pedir que algunas de sus prendas favoritas no fuesen marcadas y quemadas. En verano de 1978, su almacén de ropa era ya casi tres veces mayor que el de Ceaucescu. Durante muchos años, Nicolau Popa, ingeniero químico, se dedicó a proteger la ropa y la persona de Ceaucescu de cualquier contaminación química, radiactiva y bacteriológica. Sus tareas principales consistían en garantizar el transporte seguro del equipaje de Ceaucescu, desinfectarlo todo, instalar detectores de radiación por todas partes y efectuar análisis químicos de su comida, sirviéndose de un laboratorio portátil. Popa tenía también la responsabilidad de llevar toda la comida que Ceaucescu fuese a ingerir durante sus viajes, transportándola en frigoríficos especiales sellados. Después de llegar a la Blair House, el edificio de Washington que se usa para alojar a los dignatarios visitantes, Popa comenzó depositando sus envases de comida en una habitación próxima a la cocina y puso a uno de sus subordinados de guardia día y noche. Luego Popa y un guardaespaldas trasladaron al segundo piso varios baúles grandes. Iban llenos de almohadones, sábanas, toallas y albornoces esterilizados, así como de alfombras de baño y cameras. Antes de hacer nada, Popa y su acompañante, lavaron y desinfectaron los suelos, alfombras y muebles del dormitorio, el cuarto de baño y la biblioteca, secándolos con un secador portátil. Quitaron toda la ropa de cama y baño, sustituyéndola por la de los baúles, que traían en cantida suficiente para toda la visita. Todas esas operacciones tenían que repetirse religiosamente cada mañana. Luego Popa instaló detectores de radiación ocultos en todas las habitaciones de la suite presidencial. Hasta que no estuvo preparado todo esto, no trasladó Popa los baúles de ropa al interior de la Blair House.

«¡Hip, hip, hurra! ¡Hip, hip, hurra! Por nuestro mejor ministro de exteriores. Y por mi mejor amigo», gritó Nicu Ceaucescu, ahora en pie y guardando un incierto equilibrio. Se puso detrás del asiento de Stefan Andrei, el secretario para asuntos económicos y se puso a cantar «cumpleaños feliz, cumpleaños feliz» mientras vertía generosamente güisqui escocés sobre la cabeza de Andrei. «Cuando mi viejo la diñe y la palme mi vieja, te haré mi primer ministro. Y a ti, Pacepa, de asuntos exteriores. Sois todos mis amigos». Apoyándose en la mesa con una mano, mientras con la otra se limpiaba el güisqui de la cara, Andrei se puso en pie. «En primer lugar, quiero darle las gracias a Ceaucescu por esta confianza que demuestra en mí, así como garantizarle a través de su hijo y de vosotros, camaradas, que no voy a traicionar su confianza. En segundo lugar, quiero darle las gracias a nuestro partido comunista por la ayuda que me ha brindado para llegar a este puesto». Embotado por el alcohol, con güisqui goteándole por el pelo y la cara, Andrei tenía un aspecto lamentable -parecía totalmente distinto de quien era en su despacho-. Entró un camarero con una bandeja de plata llena de ostras. «Ponla ahí, en medio», le ordenó Nicu, señalando a la mesa. «¿Están aliñadas?». «Son frescas y crudas, camarada Nicu», contestó el camarero. «Pues hay que aliñarlas, so imbécil. Esto no es una casa de gatos, es un club para VIPs».

Se encaramó precariamente a la mesa y se puso a orinar sobre las ostras, cuidando de «aliñar» todas ellas. «Vamos camaradas, tomemos una ostra», dijo para animar a los invitados mientras intentaba, sin éxito, coger una para él. Andrei y el coronel Pacoste, primer ministro suplente, tardaron un buen rato en conseguir que Nico volviera a sentarse. «¿No coméis ninguno? ¿A quién no le gusta mi aliño? ¿A nadie? Pues entonces, las lavaré». Y Nicu cogió un sifón y se puso a remojar las ostras, dirigiéndolo también hacia los que estábamos sentados a la mesa Andrei y Pacoste, que estaban medio borrachos, lo encontraron divertido. El coronel Burtica, el ministro de comercio exterior y los demás, que estaban casi sobrios, intentaron protegerse en la medida de lo posible. A eso de las tres de la madrugada, terminó por fin la fiesta. Dos camareros y tres chóferes se las vieron y desearon para ayudar a y Pacoste a introducirse en sus coches. Yo me fui con Burtica, que estaba piripi pero todavía era capaz de caminar. Dejamos a Nicu empujando a una camarera hacia el borde de la mesa mientras le rasgaba la blusa. «Quiero follarte aquí mismo. Aquí encima de la mesa, so puta».

«Pobre camarada. Como si no tuviera bastante con Washington y la Casa Blanca. Ahora tienen que ir a Londres, dormir en un palacio real y dejar que la reina le mire por encima del hombro como si fuese un pariente pobre», se compadecía Ion Coman, el secretario para las Fuerzas Armadas y la Seguridad. El coronel Burtica se puso tieso. «Pero, ¿qué se cree usted que somos, Coman? ¿Trogloditas? El pueblo de Rumanía ha sido capaz de darle al camarada más de veinte años de lo que le ha dado el imperio británico a su dinastía regia en todo un milenio. ¿Cuántos despachos tiene la reina? Uno, Coman. Nuestro camarada tiene tres y uno es el antigüo Palacio Real. ¿Cuántas residencias oficiales tiene la reina? Tres, Coman, no tiene más. El camarada tiene cinco. Cinco, Coman. Y eso sin contar las treinta y nueve casas para huéspedes especiales que le construimos en cada uno de nuestros distritos. «Y veintiún apartamentos presidenciales en nuestras embajadas», añadió Stefan Andrei, con gran estrépito. «Allí no pisa nunca nadie. Son sólo para el camarada». «¿Cuántos aviones particulares te cres tú que tiene la reina?», prosiguió Burtica. «Pues dos, Coman, no tiene más. El camarada tiene nueve. Y tres helicópteros. Todos bien preparados, con apartamentos, salones y despachos presidenciales. ¿Cuántos trenes personales tiene la reina? Uno, Coman, sólo uno, y, además, viejísimo. El camarada tiene tres. Y no tres vagones, sino tres trenes completos y bien modernos. ¿Cuántos hospitales propios tiene la reina? Ninguno, fíjate tú. El camarada tiene uno para él solito. Y médicos que sólo se ocupan de él y de su familia». «Y eso sin contar el nuevo Centro Administrativo», añadió Coman, con orgullo, mientras llenaba un vaso de güisqui escocés y se lo bebía de un solo trago. «Tienes razón, Coman», reconoció Burtica. «¿Tú crees que la reina puede demoler el centro de Londres para construir palacios para ella y para su gobierno? Pues nosotros sí, camaradas. Y lo vamos a hacer. Y lo llamaremos Centro Administrativo Nicolae Ceaucescu». «Yo voy a Londres con el camarada», dijo Stefan Andrei. «Me lo acaba de decir. Me ha dicho que vamos a hospedarnos en el palacio de Buckinghan. ¿Es verdad eso, Pacepa?». «Sí, es verdad». «Estoy deseando verme allí, donde reinó casi sesenta y cinco años la reina Victoria. Como ministro de asuntos exteriores, tendrán que darme uno de los mejores apartamentos del palacio. Estoy deseando mearme en muros imperiales y en los muebles del rey Jorge IV».

Mihai era un joven corresponsal de Lumea(El mundo), una revista rumana sobre política exterior. Algunos meses antes, la vigilancia y escucha microfónica que Elena Ceaucescu me había ordenado realizar con su hija, Zoia, reveló que Mihai se había convertido en su amigo preferido. Elena lo había rechazado mucho antes de que Zoia emperaza a hablar de él. Para empezar, los padres de Mihai eran demasiado insignificante, incultos y sin estilo. «Fíjate qué andares tiene. Ella es patizamba y culona y tiene los pies torcidos hacia adentro», solía decir Elena, examinando las fotos y películas clandestinas que se hacían de los padres de Mihai. Sin embargo, fue el día que vio por primera vez una foto de Mihai con pantalones vaqueros cuando empezó a detestarlo verdaderamente. «Qué mal gusto», sentenció, tras lo cual también Mihai pasó a estar vigilado continuamente. El odio que Elena sentía por él fue yendo a más, alimentado por los bocaditos de los pinchazos telefónicos, de las transcripciones microfónicas, y de las películas que se filmaban de sus encuentros sexuales con Zoia. La simple mención del nombre de Mihai llegó a bastar para poner nerviosa a Elena. «No estoy dispuesta a permitir que ese hijo de puta siga aquí un sólo día más. Podría matarlo como a un mosquito. Un accidente de automóvil o algo así. Pero la tonta de mi hija lo podría convertir en un gran drama. Quiero que lo manden al extranjero y que lo dejen allí para que se pudra», dijo Elena, con voz súbitamente agriada. «Estoy harta de tener pesadillas sobre él noche tras noche». Fue a Guinea, a Africa, a donde Elena quiso deprotar a Mihai. «¿Te acuerdas de cuando estuvimos en Conacky?», preguntó. «El embajador nos contó que a uno de nuestros técnicos de tractores se le había abierto la cabeza como a una sandía. Luego se vio que estaba llena de larvas y gusanos. «¿Recuerdas que el embajador dijo que allí había no sé qué insecto que ponía sus huevos a través de la piel de la cabeza de la gente? Pues quiero una foto de la cabeza de Mihai abierta como un melón».

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