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Mostrando entradas de febrero, 2015

Criticando las armas

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Llegaba a la caída de la tarde, casi siempre empapado en sudor, y antes de acostarse se quedaba un largo rato charlando bajo el renqueante ventilador. José Esteban González fue en su lejana adolescencia hermano de La Salle y siempre tuvo una forma de hablar dulzona y susurrante. Habitualmente dormía en la oficina de la Comisión de Derechos Humanos, en el centro del viejo Managua, pero cuando empezaron los combates entre sandinistas y guardias de Anastasio Somoza, a partir de septiembre de 1978, solía venir a esconderse en la casa del profesor Fernando Benavente. Le costaba conciliar el sueño y cuando lo hacía se revolvía inquiento, emitiendo extraños suspiros, como si le doliera el miedo que anidaba en su corazón. José Esteban no estaba a favor de la lucha armada y criticaba a los sandinistas. 
Lo suyo eran los derechos humanos, recoger informes sobre los campesinos torturados por la Guardia, y una pequeña ambición política vinculada al diminuto Partido Socialcristiano. Desde que año…

A Cela le encantaban las cosas obscenas

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El avión Madrid - Estocolmo voló sin turbulencias y tiempo hubo para siesta y conversaciones. Cela habla mal de Borges y muy bien de una anciana tía Trulock, a quien mucho se parece y que le trata aún con ese tono condescendiente que adjudican las familias a los alocados miembros de la generación más joven. Es la vieja señora -vive en Padrón- muy aficionada al cognac y a «los cherter sin filto, como los negros de Nueva York». Cela habla de geografía y casas, de literatura y literatos y también de amigos, entre ellos el Rey de España, a quien, como a los otros, jura «defender a hostias y en la calle» ante cualquier calumnia de malandrín.
Vivimos, todo lujo, en el «Grand Hotel», torrido y decadente, magnífico como todos los de tal nombre, frente a este mar Báltico que se entromete por doquier y, trás el puente, se convierte en río dulce. Hay paquebotes, gaviotas y un velero de tres palos del que gusta el escritor. Se levanta, al aldo, sobre una isla, la ciudad antigua y el Palacio Real…

Que asco de modas

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La moda es estúpida por naturaleza, y más cuando, encima, es completamente estúpida, como suele ocurrir con las modas en los comportamientos sociales, que son siempre, por lo demás, un poco delictivas. Hace diez o quince años, por ejemplo, se pusieron de moda los cambios de pareja, o sea, no de cambiar de pareja, sino de intercambiarla por otra que, una vez usada, se devolvía y viceversa. 
Sobre el particular recuerdo a mis amigos más a la moda cambiando a su señora o a su señor con una mezcla de morbo y sufrimiento, pero sobre todo de sufrimiento. Con ello, lo que consiguió la mayoría fue, curiosamente, no cambiar nunca una pareja que no funcionaba (de otro modo no se comprende que se cambiara como un cromo), pues el remiendo del intercambio sin amor parcheaba los socavones de la convivencia. Y fueron desgraciados. 
Luego, cinco o seis años más tarde, se puso de moda el baile de los pajaritos, obra del tándem infernal María Jesús y su acordeón. La nausea se elevó entonces hasta nive…