04 junio 2012

Las canciones modifican el corazón humano

«Una pantalla que te lleva al paraíso», promete hasta caer en el tedio una voz en off en la televisión egipcia Al Nas (La gente, en árabe). Por sus ondas corre una rigurosa parrilla de sermones y decretos en la que, con el aire de viejas estrellas de rock, predicadores barbudos y ataviados con galabiya (túnicas) pulverizan audiencias. «Somos la madre de todos los canales religiosos», explica a su director, Mustafa el Azzhari, desde los estudios de la cadena en 6 de Octubre, una gigantesca ciudad dormitorio levantada en el árido extrarradio de la capital egipcia. 

Líder indiscutible de una nueva generación de canales por satélite seducidos por la ortodoxia salafista, Al Nas flirteó en sus orígenes con casi todos los pecados capitales que irritan a los seguidores de esta puritana escuela del islam y su sueño de regresar a los años gloriosos del profeta Mahoma. Fundada a principios de 2006, su programación generalista ofrecía videoclips con la atronadora música shaabi (popular) que triunfa en las calles, musalsalat (telenovelas) y sensuales presentadoras. «La fórmula fracasó y el dueño del canal, un magnate saudí, ofreció la emisora a varios jeques muy populares que aceptaron con la condición de eliminar los contenidos contrarios a la religión», relata El Azzhari. Una veloz transformación que convirtió su modesto plató en territorio exclusivo para hombres. «Las mujeres tienen un papel clave, pero al otro lado de la pantalla. Ellas son nuestro público más fiel», reconoce el responsable de una cadena que en el prime time alcanza picos de 60 millones de espectadores. 

Su éxito nocturno está reservado a telepredicadores como Mohamed Yacub o Mohamed Hassan, que hipnotizan con su lectura del Corán o aplacan las dudas morales lanzando fetuas (decretos islámicos) sobre el divorcio y otros dilemas cotidianos. «Nuestra prioridad es la audiencia egipcia pero también tenemos espectadores en Marruecos, Arabia Saudí, Argelia o Francia», precisa El Azzhari. 

Con una plantilla de 120 profesionales, su programación mantiene unas estrictas líneas rojas. «Rechazamos la publicidad protagonizada por mujeres y cualquier tipo de música», aclara el director. 

«El profeta dijo que las canciones son haram (pecado) porque modifican la naturaleza del corazón humano», replica Salah Abu Islam, quien -a falta de melodías- canturrea los versículos del texto sagrado y es la voz oficial de los espacios promocionales. Como otros muchos egipcios que abrazaron el rigor de las ideas wahabíes en la última década, Abu Islam abandonó hace ocho años su meteórica carrera de cantante pop con ritmos pegadizos como Te echo de menos y El mañana viene. «La música era la culpable de mi tristeza. Antes tenía más dinero del que necesitaba, pero ignoraba lo que es la paz. Renuncié a los grandes lujos para seguir la religión y trabajar aquí», confiesa quien acaba de contraer matrimonio con su segunda esposa. 

A diferencia de los Hermanos Musulmanes, víctimas de la persecución policial durante la dictadura, los salafistas jamás afrontaron la prohibición de disponer de sus medios de comunicación bajo la promesa de no abordar asuntos políticos. Según El Azzhari, «antes de la revolución, el verdadero tabú de la cadena era hablar de política y criticar a Hosni Mubarak». Sin embargo, su creciente influencia sobre una legión de parias alarmó a las autoridades que cancelaron sus emisiones en noviembre de 2010, en vísperas de unas elecciones parlamentarias y en las postrimerías del régimen. 

«Se dieron cuenta del poder de nuestra predicación entre los pobres y nos cerraron la emisora», relata. Animados por el lento final de las mordazas, Al Nas emite desde hace meses un exitoso talk show político por el que han desfilado religiosamente los candidatos islamistas y seculares que aspiraban a reinar la tierra de los faraones. Interrogado por la imitación de un formato llegado del impío imperio estadounidense, el director del canal responde con dosis de pragmatismo: «¿Qué hay de malo? Si inventan algo bueno, estaremos encantados de imitarles».

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