07 diciembre 2015

Los catalanes se están volviendo civilizados

Su ayer fue el hoy del periodista de papel (cosa distinta puede ser el periodista audiovisual). Por tanto, escribo antes de que el gozoso acontecimento -la última corrida en la última plaza de toros de Barcelona- se haya producido. Pero doy por hecho el hecho y es para mí motivo de gran alegría, como el título de este artículo ya proclama.

Si digo Cataluña en lugar de Barcelona es porque la Monumental era la última plaza de toros que quedaba activa en esta comunidad. Aquí conviene recordar que cuando los nacionalistas catalanes proclaman que las corridas de toros son un odioso rasgo de españolidad -sí, los españoles las llaman Fiesta Nacional- es porque quieren olvidar la honda españolidad de Cataluña, por lo menos en lo que a este bárbaro espectáculo se refiere: la plaza de toros más antigua de España era la de Olot y Barcelona fue la única ciudad española que en un momento dado tuvo cuatro plazas de toros activas y ensangrentadas los domingos y otras fiestas de guardar.

Y ahí es donde hay que meter la puya, porque no debemos olvidar que la tortura pública de los toros tiene en Cataluña otra manifestación no menos repulsiva y específicamente catalana, los correbous. ¿Por qué han sido prohibidas las corridas y los correbous no? Clar i català: porque los firmantes de la Iniciativa Legislativa Popular (ILP) destinada a terminar con la tortura pública de animales -en este caso toros- por vía parlamentaria sabían que, dado que el españolista PP votaría a favor del mantenimiento de la fiesta nacional española, solo contarían con mayoría suficiente si obtenían los votos de los partidos y coaliciones nacionalistas catalanas, de modo especial de Convergencia i Unió, la más numerosa en el Parlament. Por tanto...

Por tanto, posibilismo obliga. Los enemigos de la tortura pública renunciaron a incluir los correbous en la prohibición y los nacionalistas catalanes votaron a favor de liquidar la odiosa fiesta nacional española: por un estrechísimo margen, la iniciativa popular triunfó y ayer se certificó la muerte en Cataluña de ese horror tan brillantemente execrado por Maiakovski, Kerouac o Eugenio Noel, por no ir más lejos.

De momento, pues, Cataluña no solo es más civilizada que China o Estados Unidos -allí el Estado asesina legalmente a las personas-, sino que lo es más que Madrid o Andalucía, donde sobreviven las sanguinolentas corridas de toros. Sería una pena quedarse a medio camino de la civilización: ahora hay que prohibir los correbous, peores en muchos aspectos que las corridas porque incitan a los ciudadanos a convertirse, gratuitamente encima, en torturadores públicos de los animales.

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