28 diciembre 2015

Ana Bolena la más ambiciosa de todas

Antes de Ana Bolena, la ambiciosa segunda esposa de Enrique XVIII, todas las demás fueron unas diletantes. En el biopic televisivo The Tudor, la sed de poder es, precisamente, el rasgo de su carácter que inspira la notable y perturbadora interpretación de Natalie Dormer, su enésima encarnación. 

Inglesa rubia y traslúcida; actriz casi desconocida; experta en esgrima y coleccionista de armas (un detalle que los directores de casting han tenido en cuenta con genuino humor negro ya que la auténtica Bolena gozó del privilegio de ser decapitada con espada en vez de con hacha), aparece aquí en cambio de morena abrasadora, con el cabello en desbandada tal y como lo llevaba la hechicera Ana, que a su vuelta a Inglaterra, procedente de la corte francesa, exhibe sin decoro una exótica y afrancesada melena suelta decorada con airones de diamantes sobre sus delicados hombros. 

Natalie no es la primera ni la última actriz que afronta uno de los personajes más trasteados por el cine, pero sí es la primera que consigue cautivarnos al ir evolucionando lúgubremente desde una demacrada y nada inocente fragilidad de marioneta hasta una exultante ferocidad de animal del bosque. Una enorme actriz es aquella que logra ser bella, repulsiva, manipuladora y romántica, beata y progresista, sin que en ningún momento dejemos de tomárnosla en serio. Y a fe que Natalie lo logra. 

Sobre su seductora piel las joyas adquieren la importancia de una siniestra mampostería: son la prueba del cruel amor de su rey, el muro de lamentaciones de la primera esposa, Catalina. Hay algo inexpresablemente horrendo en la manera que tiene la actriz de llevar las diademas y aderezos arrebatados a la de Aragón, primera reina, ahora desterrada y humillada. Vedla: el coral tiene los profundos surcos de la sangre petrificada; las perlas casan unas con otras como esquirlas de un esqueleto desmembrado bajo la tortura; el oro hiere porque es el resplandor de una hoguera levantada contra todos aquellos que entorpezcan la nueva iglesia. La Historia nos cuenta que Ana Bolena fue una auténtica renovadora y no sólo en asuntos doctrinales, sino en otros más frívolos. 

Su deslumbrante aparición durante un baile de disfraces causó asombro y furor, y pronto la convirtió en la imitadísima Glass of fashion. Este apodo, muchos siglos después, fue aprovechado por el fotógrafo y esteta Cecil Beaton para titular sus memorias, traducidas al castellano así, Espejo de la moda. 

Otro esteta, Harold Acton, este contemporáneo y compañero en Oxford de Evelyn Waugh y de Cyril Connoly, en su libro de corte mundano, Memorias de un esteta (Editorial Pretextos), describe, por cierto, temperamentos como el de la desafortunada Bolena, como avaros con sus simpatías, espléndidos con sus aversiones. Para la mayor adversidad de su vida, su ejecución, Ana Bolena eligió una espléndida enagua roja bajo un vestido gris oscuro de damasco. Llevó el cabello, por una vez, recogido bajo una toca a la moda francesa. A Natalie Dormer le favorecía horrores.

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