06 agosto 2014

El country dolorido de Hank Willliams

En una reciente reedición de algunos de los mejores momentos del show de Johnny Cash, legendario programa musical que el Hombre de Negro presentó a principios de los setenta, antes o después de las actuaciones de Bob Dylan, Neil Young o Ray Charles, aparece un particular cabezón y pequeño, de nariz puntiaguda y ojos muy juntos. Canta unas baladas melancólicas, country herido que sintoniza a Hank Williams y otros vaqueros tristes.

Su nombre, George Jones, era ya sinónimo de Nashville, uno de los más respetados desde que a mediados de los cincuenta encadenó sus primeros éxitos. Tantas décadas después, igual de reverenciado, ha muerto con ochenta y un años. No es mala edad para quien hizo bandera del alcohol, la cocaína, las anfetas y los conciertos suspendidos, cuando no despachados con una imitación de la voz del pato Donald. Todo dios, de los Rolling Stones más country a Elvis Costello, amaba al gran Jones, su dolorida porte de trovador herido, su voz nasal y grave, sus crepusculares tonadas, sus decenas de discos memorables.

Nacido en Saratoga, Texas, en 1931, recibió su primera guitarra a los nueve años y con diecisiete ya se dedicaba profesionalmente a la música. Pronto, en 1954, lanzó su primera canción, y apenas un año más tarde alcanzó las listas de éxitos con Why baby why. En el 56 actuaba regularmente en el Grand Ole Opry, templo de la música vaquera desde el que se radiaban las actuaciones para todo el país, y a principios de los sesenta himnos como su She still thinks I still care lo habían consolidado como una de figuras claves del country. 

Casado cuatro veces, arruinado en sucesivas espirales de negocios fallidos, Jones era un kamikaze capaz de viajar 12 kilómetros a bordo de un cortador de césped para comprarse una botella de alcohol (su mejor amigo le había escondido las llaves de los coches), un metódico entusiasta de la autodestrucción que abría y cerraba parques temáticos y bares al mismo ritmo con el que sus canciones coronaban listas. Nunca permitió que el naufragio doméstico y las crecientes deudas afectaran la calidad de sus discos, siempre enfrentado a quienes querían rebajar su country austero con mejunjes pop y almíbar crossover.

Imprescindible recordar que en 1969 contrajo matrimonio con Tammy Wynette, la llorada vocalista country. Un matrimonio real: dos de los reyes del género unidos en la alcoba y el estudio, con una serie de duetos de gran éxito a cuya química artística no afectó la subsiguiente debacle matrimonial, consumada en 1975. Cuentan que su última esposa, Nancy Sepulvedo, con la que se casó en 1983, fue capaz, al fin, de poner orden en las finanzas y el hígado del gran pirata.

A su lado Jones vivió los años del reconocimiento, cuando todos los jóvenes cachorros celebraban sus hazañas y decenas de premios y reconocimientos se acumulaban en las repisas. Justificados galardones que no confundieron a nuestro hombre: sabía que su estilo, mil veces imitado, había sido la coartada ideal para que Nashville facturase empalagosos intentos de alcanzar un público global en los que renunciaba a la intensidad del viejo country.

Si un niño contempla hoy los Grammys, creerá que el country es esa cutrez a mitad de camino entre el Broadway más hortera y el pop hipertrofiado. Haríamos bien en pincharle He stopped loving her today, de Jones, así como otras turbulencias a cargo de Merle Haggard, Cash, Buck Owens, Marty Robbins, Kris Kristofferson o Waylon Jennings, y también a Roy Acuff, Hank Snow y a Williams, para que comprenda el porqué de nuestra fascinación.

George Glenn Jones, cantante, nació el 12 de septiembre de 1931 en Saratoga (Texas, EEUU) y murió el 26 de abril de 2013 en Nashville (Tennessee, EEUU).

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