18 febrero 2012

Robert Pattinson éxito asegurado

Algo tiene que le hace valer lo que vale (más de 20 millones de dólares al año). ¿El qué? Si fuera tan fácil saberlo no valdría tanto. Robert Pattinson llegó ayer a la Berlinale y los alemanes (algunas de ellas) exhibieron su carácter más sureño, con más prima de riesgo. Se presentaba Bel Ami, la última película en la que el actor citado no hace de vampiro y que sirvió para dar por concluida la sección oficial. La sala de prensa a reventar y las inmediaciones de Potsdamer Platz felices con el ruido. 

Quizá el secreto sea que lo bello se entiende sin reflexión o, al revés, que para qué reflexionar si se puede hacer antes cualquier otra cosa. Declan Donnellan y Nick Ormerod llevan a la pantalla el célebre relato de Guy de Maupassant y lo hacen, ya lo adelantamos, a mayor gloria del vitoreado. Ya de entrada, el proyecto de estos directores, entrenados en lugares tan nobles como la Royal Shakespeare Company, llama la atención. Alrededor de Pattinson, Uma Thurman, Kristin Scott Thomas y Christina Ricci. Es decir, los años 90 no han muerto. 

Si sobre el papel el asunto es ya sospechoso, sobre la pantalla, y a medida que avanza la cinta, la cosa adquiere tintes dramáticos. Se supone que la novela es una brillante disección de una sociedad que se descompone. Todo lo que no es vanidad es algo más triste. O al revés. Se supone y lo es. Pues, gran decepción, ni rastro de todo ello en una película tan volcada en su actor que acaba por naufragar como todo lo que se hunde: con el capitán huido. 

El problema básico es la imposibilidad física de que Pattinson exprese alguna emoción (el desconcierto no cuenta como tal) en un registro de un único gesto. Haga lo haga, Pattinson hace de Pattinson. A su alrededor, las tres citadas dan un todo recital más propio de los músicos del Titanic o, ya que estamos, del capitán del Concordia. «Vada a bordo, Cazzo!». 

Y de esta ruidosa manera se despidió un festival que poco antes dejó ver en la sección a competición Rebelle, del canadiense Kim Nguyen. El director entierra una historia desesperada en el centro de un África en llamas. La cámara sigue la existencia de un niña obligada a matar para sobrevivir. Tan brutal. Pues bien, sorprende el tono de fábula entre el realismo mágico y el dolor crudo utilizado. 

Muy lejos del esquematismo del cine de denucia, del cine perezoso, Nguyen se las ingenia para que el espectador encuentre su sitio entre lo que ocurre en la pantalla y lo que debe suceder en su cerebro. Si antes decíamos que lo bello se explica sin reflexión, ahora la idea es que lo feo, lo terríblemente feo, ayude a reflexionar. No vamos a echarle la culpa a Pattinson, pero casi. 

Y hoy mismo, el palmarés. Tres opciones destacan: la radicalidad iluminada de Tabú, del portugués Miguel Gomes; la mirada clara y moderna de los hermanos Taviani en César debe morir, y la contención inteligente y muy germana de Christian Petzold en Barbara. 

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