Las esposas frustradas

Es sabido que las películas de «sketchs» son veneno para la taquilla. También al cinéfilo le producen un cierto repelús no siempre justificado: el cine ha dado verdaderas joyas en este formato (las prisas sólo me permiten recordar en este momento el episodio de Fellini en Bocaccio 70, el de Truffaut en El amor a los 20 años y el de Polanski en Las mayores estafas del mundo, pero hay algunas más), aunque bien es cierto que abundan más los disparates y las paridas, incluso cuando se trata de unos cineastas completamente consagrados. Y es que al cortometraje de ficción le ocurre como al cuento con relación a la novela: el arte de contar una historia breve no está al alcance de cualquier escritor de novelas. Montreal vu par... (Montreal visto por...) retoma la idea de un filme francés de los años 60 (París visto por...) y brinda a media docena de directores canadienses de muy diferente escuela la oportunidad de dar una perspectiva personal de la ciudad mediante una historia corta de auténtica ficción.


El primer episodio está firmado por Patricia Rozema (de la que en España conocemos He oído cantar a las sirenas) y parece versar acerca de cierta confusión lingüística que reina por aquellas tierras. La historieta debe se estar repleta de gags que tal vez hagan mondarse de risa al público canadiense, pero que al espectador foráneo le dejan «in alvis». La realización, modernilla y llena igualmente de bromas sobre determinados aspectos de otro lenguaje, el cinematográfico, es de ésas que parecen pensadas para reírse un rato con los amigos y recibir felicitaciones por lo muy ocurrente que se ha mostrado. La segunda variación (como se les llama en el filme), que aparece firmada por Jacques Leduc ha sido suprimida en la versión internacional, y si figuraba en la copia exhibida en Zabaltegi se debió probablemente a un error. De hecho, junto a la copia no se enviaron los diálogos para el subtitulado electrónico. A juzgar por las imágenes tampoco perdimos nada. La tercera historia, del para nosotros desconocido Michel Brault adopta un aire perfectamente clásico para contarnos el momento de la ruptura de un matrimonio: después de treinta años una sufrida ama de casa escoge un insólito escenario para anunciar su decisión, el interior del estadio donde se celebra un partido de hockey sobre hielo. 

Enseñanza: las esposas frustradas se gastan muy mala leche en Montreal. La pareja protagonista, lo mejor. Atom Egoyan, uno de los «genios» proclamados en los últimos tiempos por ciertos sectores de la crítica, ha dirigido el cuarto capítulo. Es una historia de las suyas, con personajes raritos, como si hicieran de la extravagancia su modo de vida. El cuento, por supuesto, es también raro, mitad Kafka, mitad Cortázar. Pero interesa. Además, la actriz protagonista, habitual en el cine de Egoyan, tiene un aspecto de lo más inquietante que siempre se agradece. La quinta variación, dirigida por Léa Pool, combina imágenes siniestramente filmadas de las avenidas de la ciudad por las que circula una ambulancia, con sucesivos «flashbacks» del pasado de la joven que va dentro y que acaba de sufrir un mortal accidente. Es algo así como la reiteración hecha película.

El último episodio nos llega de la mano de un viejo conocido, Denis Arcand. Intervienen algunos actores de El declive del imperio americano, y aunque al principio juega al despiste en cuanto al tono (parece que va de comedia) y el protagonismo de los personajes, el filme acaba decantándose hacia una historia de sexo, fascinación y desencanto que podría estar perfectamente incluida en la película que le dio fama. A todo esto, se preguntarán ¿pinta algo Montreal? Respuesta: Montreal, como el erotismo en aquel infausto filme español titulado Cuentos eróticos, es el genuino, el perfecto, convidado de piedra. El rodaje combinado en 35 mm. y vídeo de alta definición es la novedad (relativa a estas alturas) que presenta el mediometraje Fool's fire (El fuego del bufón), primera obra de la norteamericana Julie Taymor. Se trata a todas luces de un filme cuyo destino, por formato y duración, no puede ser otro que el de las pantallas de toda la televisión. Sirviéndose del relato Hopfrog, de Edgar Alan Poe, la directora no busca tanto una eficacia narrativa (el horror del cuento queda absolutamente difuminado) como una experimentación formal y estética. Los personajes están interpretados por actores con máscaras o muñecos animados, con la excepción de una pareja de enanos (él es Michael Anderson, conocido por la serie Twin Peala), los decorados están falseados, los efectos especiales están hechos por medio del ordenador... Como suele ocurrir en este tipo de experimentos la historia viene a ser lo de menos: está alargadísima, pese a que el filme sólo dura cincuenta y cinco minutos. Tal vez sea un error eso de ir al cine sólo en busca de historias. En cualquier caso, no puedo evitar que lo poco que queda aquí del alucinante universo de Poe (la terrible venganza de un bufón contra sus repulsivos señores) me interese mucho más que toda la propuesta esteticista y tecnológica restante.

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