17 abril 2014

James Cameron es un fracasado

La vida sentimental de James Cameron, director de «Titanic», hace aguas. Su cuarta mujer, Linda Hamilton, le ha echado de casa cuando el cineasta vivía un romance con Suzy Amis. Linda pide 800 millones de pesetas. El dice que es lesbiana

Debieron habérselo advertido a James Cameron antes de que gritara «¡Soy el Rey del Mundo!» mientras hacía pesas con los Oscar: toda sobredosis de éxito conduce inevitablemente al naufragio.

Se ve que las once estatuillas surtieron el mismo efecto que un paquete de Viagra. Insatisfecho sexualmente con su mujer, Linda Hamilton, Cameron buscó consuelo en Suzy Amis, con quien ya mantuviera un tórrido romance a bordo del Titanic. La instaló cerca de su mansión en Malibú y la tuvo varios meses como concubina. Hasta que Linda se plantó en la puerta y le dijo: «¡De aquí no pasas!».

El 23 de abril, un mes después de la triunfante noche de su vida, Cameron salía por la puerta trasera de su propia casa. Un enorme camión de mudanza llegaría poco después y cargaría con todos los restos de su naufragio matrimonial, y van cuatro.

A sus 43 años, el director más cotizado de Hollywood tiene ya un historial amoroso comparable al de Liz Taylor. Su escabrosa vida personal merece tantos titulares como su éxito profesional, de modo que ya tiene lo que quería: sitio reservado en el palco de las grandes estrellas de Hollywood.

De su talante explosivo tras la cámara circula ya toda una leyenda negra. Apelativos como «el tirano» o «la bestia» le acompañan inevitablemente rodaje tras rodaje. En Titanic, el tira y afloja entre Cameron y DiCaprio -otro que viste y calza- fue lo más parecido a una tempestad diaria. En Mentiras arriesgadas, después de la enésima toma, Cameron invitó a quien no pudiera aguantar a que se orinara en los pantalones «porque no podemos perder un solo segundo».

La misma tensión laboral se respira en su vida privada. Ninguna de sus tres anteriores mujeres guarda un buen recuerdo de él. Le tachan de insensible y ególatra, de imprevisible e hipócrita.

Su cuarta ruptura, con ruido de sables, se ha hecho oficial esta semana. Linda le llama «arrogante» y «fanfarrón». James hace correr la especie de que su mujer es lesbiana. Linda reclama la mitad del botín del Titanic. James amenaza con llamar a Schwarzenegger...

James y Linda intimaron durante el rodaje de Terminator 2, cuando el director estaba aún casado con Katheryn Bigelow, su tercera esposa. Algo volcánico debió de ver James en Linda, tal vez la firmeza con la que cogía la metralleta (o sus músculos de culturista, poco que envidiar a los del inefable Arnold).

El caso es que de aquellos escarceos entre escena y escena nació una hija, Josephine, cinco años soportando las continuas tensiones entre sus padres: ahora se juntan, luego se separan, por fin se casan, sorpresa, sorpresa.

Cuando Cameron dijo «me caso», todos pensaban que la afortunada era Suzy, Suzy Amis, la pelirroja y espigada nieta de la centenaria Rose de Titanic. Juntos descendieron a las profundidades abisales de las aguas heladas de Terra Nova, y juntos emergieron ya como amantes, el típico flechazo de película.

Cambio de escenario, cambio de pareja. El equipo de rodaje se traslada a México, y allí reaparece la fornida Linda, cuando ya todos la daban por perdedora. Al parecer, es el propio Cameron quien la reclama a su lado: todo son problemas a bordo del Titanic, la película hace aguas y el director necesita un bote salvavidas.

Gracias al apoyo afectivo de Linda y de la pequeña Josephine, Cameron vuelve a ser quien era, el capitán con ínfulas.

A escondidas, sin embargo, se sigue encontrando furtivamente con Suzy, como Leonardo DiCaprio y Kate Winslet, cuando se esconden en las cocheras. Al final, es Linda la que se aferra al timón y, en vez de saltar por la borda, Cameron prefiere hundirse con ella.

«Es el mayor error que he cometido en mi vida», confía a un amigo poco después de la boda. «Estoy enamorado de Suzy, pero no tenía alternativa: se lo debía a Linda por todos estos años y, sobre todo, a Josephine. Sin ellas, creo, no habría sido capaz de terminar esta maldita película».

Se casan pues, y Titanic sale de los astilleros en un viaje tan incierto como el cuarto matrimonio de Cameron. Son momentos en los que el director sacrifica su propio ego por el bien de la película: todos los reflectores apuntan hacia Leonardo, el auténtico protagonista. Pero cuando Titanic comienza arrasar, el barbado capitán pasa a la acción y asume el papel de amo del universo.

Linda Hamilton, que cada vez soporta menos sus aires de grandeza y sus cambios de carácter, comienza a frecuentar más de la cuenta a una tal Cindy Deerheim, la especialista que le dobló en las escenas de alto riesgo de su última película, Dantes Peak.

Los rumores sobre su orientación sexual circulan por los tabloides, y ella misma contribuye a alimentar la ambigüedad. «Adivina si soy gay», le dice a su entrevistador en un programa de televisión.

Cameron, mientras, acude al rescate de la descorazonada Suzy Amis, su amor imposible. Como regalo de cumpleaños le alquila una casa bien cerca de la suya, y allí instalan su nido de amantes. Rosas rojas, regalos carísimos, escapadas repentinas a altas horas de la madrugada. Mientras que Cameron se ausenta una noche tras otra, Linda, por su parte, se resigna aparentemente a su vida paralela.

En esto llega la noche de los Oscar, la última vez que posan juntos. Linda no se lo acaba de creer cuando le ve gritando «¡soy el rey del mundo!», y días después le confía a un amigo: «Mi marido hizo el payaso delante de millones de telespectadores... Está borracho de éxito y no hay quien lo soporte. Vivir a su lado es una humillación constante».

Un mes después, la mudanza. Y ahora, los cañonazos del divorcio, que promete ser sonado.

Linda piensa reclamar la mitad de los 100 millones de dólares (casi 1.600 millones de pesetas) que se ha embolsado Cameron por cuenta de Titanic. James pretende compensarla con la mitad de la mitad. Ella amenaza con llevarle a juicio y con llamar a declarar a la tripulación del barco, incluido Leonardo, para testifiquen sobre su infidelidad y sobre el trato humillante que le deparó más de una vez durante el rodaje. El responde que disparará bajo la línea de flotación y hará cuanto esté en su mano para hundirla personal y profesionalmente.

A todo esto, el marido de Cindy, la supuesta amante de Linda, concede una entrevista al Mirror londinense y echa todavía más leña al fuego del divorcio de la pareja: «Linda Hamilton me ha robado a mi mujer y ha arruinado mi vida».

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