Lo tiene todo, tirano, cinico y estupido

EL final del tirano rojo», ha titulado The Sun. Habrá que destruir rápidamente las fotos tomadas en 1978, cuando el Gobierno británico le recibió con toda la pompa, la Reina Isabel le condecoró con la Gran Cruz de Caballero y el rumano impuso en el pecho de la soberana la Estrella de la República de Rumanía. Qué bonita, aquella foto, el matrimonio Ceaucescu de gran gala flanqueado por la Reina Isabel y su esposo. Dicen que aquel fue el gran día de este comunista primario: pudo cumplir su sueño de dormir en Buckingham Palace. Según se ha sabido, los ingleses le dieron el gusto porque querían colocarle, y lo consiguieron, 82 aviones de combate sin preguntarse a quién machacaría con ellos. «Creíamos sinceramente que Ceaucescu podría ser un líder comunista moderado», han dicho ahora sin sonrojo funcionarios del Foreing Office, mientras siguiendo instrucciones del Gobierno la Reina Isabel cancelaba el título de Caballero y devolvía, no se sabe a quién, la condecoración que le impuso el líder rumano. No es sólo el Reino Unido el que le dio a Ceaucescu honores con los que ensorbecerse. Al que ahora, y con razón, se califica de sátrapa, genocida, ser abyecto, stalinista y rata de cloaca, le impusieron condecoraciones y quedaron bien lucidos los máximos dignatarios de Francia, la República Federal de Alemania y Suecia, por citar algunos países sin sospechas de concomitancia con lo que el dictador rumano representaba. Y pásmese: de «puente entre las naciones con puntos de vista diferentes» le llegó a calificar Carter cuando le recibió en la verde pradera dela Casa Blanca. Puede que tratase de venderle más aviones.


Tal vez le condecoró también España. En los años de Suárez en la Moncloa, la raza de los servidores del Estado español, que como todos los servidores del Estado igual ponen la estampilla bajo la democracia que bajo la dictadura, sonrieron a Ceaucescu y a su esposa Elena, les rieron las gracias y levantaron con ellos su copa de champaña francés. En aquella jornada histórica en la que el presidente de una restablecida democracia y el representante de una sólida dictadura estrecharon sus manos con la hipocresía típica de estos casos, los Ceaucescus camparon por sus respetos por los salones de la Moncloa. Que se sepa, sólo la esposa de aquel truhán mexicano que alcanzó la presidencia, López Portillo, se portó durante su visita a España con la desfachatez de Elena Ceaucescu. Si para la mexicana hubo que buscar un tipo de tapa especial para la taza del wáter, derribar en Canarias el tabique de la suite del hotel porque no entraba el piano de cola que había pedido y enviar en avión especial desde Canarias a Barcelona el sujetador que la dama se había olvidado y sin el cual se negaba a asistir a la cena de gala, la rumana se paseó por los despachos de la Moncloa como si fuese su casa: del despacho presidencial en el que se había metido sin que nadie lo advirtiese la sacó un ujier que la encontró bajándose la falda. Igual se había metido entre las bragas un candelabro o un pisapapeles.

Ya se sabe que estos autócratas son como niños y una vez tienen un par de centenares de millones de dólares en un banco suizo llevan su obsesión cleptómana hasta los portalámparas. Puede pensarse que en aquellos años la diplomacia española creía que este matrimonio no era tan perverso com ya anunciaba Amnistía Internacional. Para el despiste español cabe también el justificante de que después de haber servido al franquismo, al espíritu del 12 de febrero y a la transición, un ministro de Exteriores como Marcelino Oreja debía estar un poco desorientado sobre el papel que interpretan los diferentes actores. Situémonos en un domingo de finales de hace justo un año. Lugar, Barcelona. Han terminado las jornadas sobre la perestroika celebradas en el CIDOB y unas pocas personas comen en el reservado del restaurante Jaume de Provenza. En un momento dado de la distendida conversación, sale el tema de Rumanía. Fernando Claudín, Xavier Rubert de Ventós, Carmen Claudín, Josep Ramoneda, critican la fiebre remodeladora de Ceaucescu, que aniquila barrios y pueblos enteros, con traslados forzosos de población. Fernández Ordoñez calla y escucha.

De repente, un fiel servidor del Estado que puedo identificar como asesor de la Moncloa para política exterior, decide abrir la boca y deja helado al personal al afirmar que en torno a la figura de Ceaucescu hay orquestada una gran campaña y que todo eso de las barbaridades que está haciendo con el país hay que ponerlo en cuarentena. Qué sagacidad. Si la visión política de los asesores de la Moncloa sobre temas exteriores es de este calibre hay que preguntarse por qué no los despiden a todos y ahorran gastos al erario público. Aquel cretino, con perdón, sólo calló a regañadientes cuando una Carmen Claudín huracanada le vino a decir que lo que él estaba defendiendo era impresentable, y suerte que el ministro acabó rápidamente con el postre y así pudo levantar la sobremesa. Pobre Ceaucescu, pobre Elena. Tan autócratas, tan stalinistas, tan abyectos, tan mimados por los que debían repudiarlos y unas veces por cinismo, otras por venderles armas, otras por estupidez, estrechaban sus manos y decían que sí, que Nicolae era comunista pero que era un tipo abierto. Coño. Un tipo abierto.

Monseñor Laboa tenía un despacho pequeño pero clave en una de las congregaciones poderosas del Vaticano. Monseñor Laboa a poco que el prefecto le dejase tranquilo te subía a la terraza del edificio, ubicado en una esquina de la Plaza de España, y te enseñaba el maravilloso paisaje de las casas romanas vistas desde arriba, terrados multicolores en los que hay desde gallineros a pseudobabilónicos jardines colgantes. Monseñor Laboa era un curial progresista que tomaba café en el bar ubicado frente a la Embajada de España, nadaba en la playa vaticana en la que los monseñores se tuestan al sol mientras hablan de los últimos chismes, no sentía ninguna simpatía por Marcinkus y sabía comer bien en el Mario de la Via de la Vite, donde degustaba excelente cocina toscana. Tengo el recuerdo de una tarde romana en la iglesia española de Nuestra Señora de Montserrat, con un Laboa sonriendo divertido al lado del cardenal Tarancón, que después de beberse un coñac y fumarse un habano analizó el Sínodo recién terminado y no ahorró ninguna ironía al analizar el pensamiento del Papa polaco. Monseñor Laboa era un prelado de peso en la Curia.

Un prelado lo suficientemente incómodo como para ser amigo de O'Keefer, el jesuita brazo derecho de Arrupe al que el golpe de estado del Papa apartó del poder. A Monseñor igual se lo querían quitar de encima en Roma y le ascendieron enviándole de nuncio a Panamá aún a sabiendas que no era un nuncio como Laghi, que en Argentina jugaba al tenis con Videla, o como Innocenti, un «sí, señor» amigo del Opus Dei que vino a España a poner orden tras la apertura de Dadaglio. Gino Belleri, el de la librería Leoniana, un pauliniano que ya ha visto pasar seis papas sobre los puentes del Tíber, debe disfrutar mucho estos días imaginando a su gran amigo Laboa tomándose cafés con Noriega En el Vaticano alguien debe preguntar quién tuvo la ocurrencia de mandar a este hombre nada menos que a Panamá.

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