03 julio 2017

CR7 en sus tiempos con Irina Sayk

Hace tiempo que a Ibiza ya solo se llega por naufragio. Es la única forma de alcanzar un lugar que ha dejado de ser un territorio para convertirse en una idea. La isla permite desplazarse entre lo visible y lo invisible. De la red social a la mansión custodiada por pinos. Ya no son personajes, son espejismos que se sirven de un escenario legendario e imprescindible para ampliar la cobertura de sí mismos o disolverse en su nueva infraestructura diseñada para ignorarlos.

Tras el naufragio, el desconcierto. Giselle Bundchen llegó y se compró un vestido blanco en la primera tienda que vio abierta: "No sé, pensaba que era una buena idea para estar acorde con la isla". Y eso porque a veces las celebrities no ven una roca, sino un inmenso photocall de 41 por 15 km de irrealidad. Una metáfora al oeste del Mediterráneo de pechos descubiertos, flores, psicodelia y música electrónica con la que las individualidades más significativas del último medio siglo han construido una marca rocosa que todos quieren lucir en un tatuaje de sol.


"Es que aquí se puede ser feliz", dice Alessandra Ambrosio disuelta entre los residentes. Aquí la vida son unas eternas vacaciones de verano, y casi todos se lo acaban creyendo. Su secreto es una gran mentira. Mariah Carey no es una cantante, sino una chica de nuevo enamorada con los pies en el agua; Sienna Miller no es modelo, sino una madre de familia haciendo castillos de arena, y Robert de Niro solo es un tipo irrumpiendo en el puerto a bordo de un antiguo rompehielos.

Los famosos llevan lustros tirando unos de otros fruto de una epidemia de origen incierto, pero definida a la perfección por Sandra Bullock: "Quiero ir a Ibiza, pero tampoco sé muy bien por qué". Nunca lo hizo, pese a que la fiebre ya se había instalado en EEUU y atraído a Linsday Lohan, Zack Efron, Sean Penn, Michelle Rodriguez, Will Smith y Kate Hudson, que compartían estampas de bañador mojado con Bruce Springsteen, Beyoncé, Paulina Rubio o Madonna.

El hábitat de todos ellos son las 12 millas que separan Ibiza y Formentera, el pantalán de palacios flotantes más saturado del Mediterráneo; las aguas transparentes de Ses Salines y Cala Conta; los restaurantes espectáculo de La Marina y el Paseo Marítimo; y los grandes templos de la música electrónica, donde el hooligan ha dejado paso al clubber de lujo, que disfruta del espectáculo entre botellas de vodka de 50.000 euros y bandejas de sushi.

Así se sobrepuso Leonardo DiCaprio de su ruptura con Bar Rafaeli. A golpe de noches de fiesta, y la almohada más cara de la isla: 10.000 euros la noche en la suite Top of The World del Ushuaïa Tower. Y cuando se cansó de Ibiza regresó a Ibiza, a una distinta, y empezó a traerse novias y a flotar sobre las aguas con el flyboard que le prestó el millonario ruso Vladimir Doronin mientras jugueteaba con Naomi Campbell en cubierta.

Un parque temático diseñado para el escondite íntimo y el foco del mundo; lo rústico y el lujo obsceno. "Te puedes esconder y salir para que te vean, arreglarte o ir informal, eso es lo que me gusta de la isla", reconoce la baronesa Thyssen. Una informalidad que contagió a Justin Bieber y Orlando Bloom, dispuestos a resolver sus diferencias por Miranda Kerr a insultos y empujones a la salida del restaurante de Giuseppe Cipriani. Porque a veces pasar inadvertido por overbooking de celebrities se hace insoportable para algunos.

Roberto Cavalli llegó de casualidad. Atraído por un canto de sirena de que existían en Formentera "unas aguas más limpias que las de Cerdeña". Y apostó su yate al pie de la catedral de Ibiza junto al de Dolçe & Gabbana, Armani y Valentino, estos días de la mano de la it girl Olivia Palermo.

Ibiza ha empezado a cultivar hasta su propio posado veraniego, uno doble y de Instagram, por obra de los móviles de Naomi Campbell y Kate Moss. Su eterna presencia se hace imprescindible como anfitrionas de otras celebridades, algunas tan extrañas como Stallone, y otras un poco menos, como el rapero Kanye West o las hermanas Kasdashian, con quienes coincidieron el pasado verano para el cumpleaños del diseñador Ricardo Tiscci en una mansión de San Rafael.

Las fiestas privadas son otra de sus señas de identidad, un paisaje rural al que se le implanta un entorno sofisticado, diseño exclusivo de una reformada casa de campo y caterings importados a dos horas de avión. Las celebrities hablan de un entorno cercano. ¿Por qué ir al Caribe pudiendo bañarse en el escenario donde se fotografían y graban las imágenes de los anuncios del Caribe? Y así hacen también marca España Bustamante y Paula Echevarría, Esther Cañadas –siguiendo la estela de su ex Mark Vanderloo, residente en la isla–; Mar Flores, Malena Costa, Eugenia Silva y Rafa Nadal, al que la visita no le queda lejos de casa, y que tuvo que ver cómo su gran rival Novak Djocovik llenaba de serbios la isla para celebrar una larguísima despedida de soltero.

El fútbol en Ibiza podría celebrar su propio Mundial. Fue sonada la visita de Messi, y la de Benzema pagando en efectivo su multa y la de sus amigos por hacer carreras de bólidos en pleno centro de Ibiza; y el fin de semana de CR7 en sus tiempos con Irina Sayk en el islote de Tagomago. Una residencia en una roca que se alquila a 100.000 euros la semana, gestionada por el prometido de Norma Duval, Mathias Khun, que programaba su boda en este escenario para este mismo verano.

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